Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas
en calidad de presidente de la República Islámica de Irán en el 42.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York
En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso
Oh Dios, comienzo en Tu nombre y a Ti imploro guía y ayuda. Mi vida y mi muerte, mi necesidad y mi ruego te pertenecen. Concede Tú mismo a mis palabras la luz y la fuerza cautivadora de la palabra verdadera, y haz de ellas un mensajero de la verdad para cientos de millones de oídos y corazones que ahora mismo la anhelan con fervor, y para cientos de veces más que en el futuro la anhelarán del mismo modo.
¡Oh Dios! Envía un saludo agradecido de mi parte y de mi pueblo al alma de los grandes Profetas, en especial Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad (las bendiciones de Dios sean con ellos), que difundieron y eternizaron en el mundo el mensaje de liberación y conciencia del ser humano al precio de sus vidas y con todas sus fuerzas. Y un saludo de homenaje a los corazones puros y luminosos que escucharon ese mensaje, especialmente a quienes dieron su vida por él. Señor presidente, señor secretario general, distinguidos asistentes: soy el presidente de un país que fue, en uno de los períodos más elevados y decisivos de la historia, cuna de la civilización y centro de la cultura de la humanidad, y que hoy es también el territorio de un sistema construido sobre ese mismo legado firme, y que se apoya en el respaldo cultural incomparable de aquel —[un respaldo] que, gracias al Despertar Islámico, ha adquirido ahora mayor riqueza—.
Vengo de Irán, cuna de la revolución más renombrada y, al mismo tiempo, más desconocida de la época contemporánea. Una revolución basada en la religión de Dios y en la continuidad del camino de los Profetas y los grandes reformadores divinos; un camino tan largo como toda la historia humana. La raíz firme y el pensamiento fundacional de esta revolución es la cosmovisión monoteísta del Islam. La interpretación del ser humano, la interpretación de la historia, el análisis de los acontecimientos presentes, pasados y futuros, la interpretación de la naturaleza, la explicación de todos los vínculos que unen al ser humano con el mundo exterior a su existencia —el universo, los demás seres humanos, las cosas—, así como la comprensión que el ser humano tiene de su propia existencia y, en suma, todo aquello que constituye el sistema de valores de la sociedad y la capacita para administrarse como desea, todo ello arraiga y se ramifica en esta cosmovisión divina. En el pensamiento divino del Islam, todo el universo es creación de Dios, manifestación de Su conocimiento y poder, y está en movimiento hacia Él; y el ser humano es la más excelsa de las criaturas y Su sucesor.
El ser humano puede, extrayendo los tesoros de talento que hay en su interior, embellecerse a sí mismo, y construir y embellecer el mundo creado para él, de la manera más bella, y alcanzar con las dos alas de la ciencia y la fe la ascensión espiritual y material; y puede, desperdiciando o desviando esos talentos, crear en el mundo un infierno de opresión y corrupción. La lámpara que guía a la humanidad es su fe en Dios y su sometimiento al mandato y la prohibición divinos. El mundo es el sembrado de la otra vida, y la muerte no es el fin de la vida, sino la puerta de la eternidad y el comienzo de una nueva existencia. En el pensamiento divino del Islam, los seres humanos son hermanos y hermanas entre sí y todos son siervos de Dios.
Entre las razas, los colores y los pueblos de la tierra no existe diferencia alguna, y estas cosas no son motivo de superioridad para nadie ni para ninguna nación. La humanidad es una continuidad, y agredir a un solo ser humano es agredir a toda la humanidad, sin que importen las particularidades geográficas ni raciales. El supremacismo y el exclusivismo lanzaron a un hermano contra otro, y la sangre que corrió ya no se detuvo: un golpe y un móvil semejantes abrieron arroyos de sangre y crearon mares de sangre entre los supremacistas y sus víctimas, y le arrebataron la tranquilidad al ser humano. Los Profetas llamaron a los pueblos a la condición de siervo de Dios —que es un mazo sobre la cabeza del egoísmo y el supremacismo— y les ofrecieron una religión que otorgaba al ser humano el paraíso de la pureza y la calma incluso antes del Paraíso del más allá. Los animaron a refrenar el instinto de codicia y de búsqueda de dominio, y les advirtieron contra la destrucción y el desperdicio de los talentos y contra el hundimiento en el pantano de la corrupción moral; hicieron fluir en él los manantiales de la virtud, la veracidad, el amor, el trabajo, la iniciativa, la ciencia y la conciencia, y le inculcaron el recuerdo de Dios y el amor a Él —que es garante de todo esto y elevador de su alma—.
Les enseñaron también a fortalecer su brazo para proteger estos valores y a cerrar el camino a los demonios del mal, la corrupción y la degeneración; a luchar contra la ignorancia, la opresión y la esclavitud, y a custodiar la ciencia, la justicia y la libertad. Les enseñaron que no deben oprimir ni aceptar la opresión. Deben levantarse para aplicar la equidad y la justicia, y no deben dar tregua a los salteadores de la rectitud y la prosperidad del ser humano. Someterse ante los enemigos de la virtud, la justicia y la rectitud es consentir la destrucción de estos valores y aceptar el vicio, la opresión y la corrupción. En el pensamiento divino del Islam, la religión de Dios es el molde y la forma de la vida humana, y no solo una joya que la corona. La religión ofrece al ser humano un sistema social, y no solo una serie de actos de adoración y costumbres. Aunque los actos de adoración y las costumbres también están impregnados del espíritu de la vida y orientados hacia ese mismo sistema; y este sistema social se basa en esa misma cosmovisión y está construido a su imagen.
La libertad, la igualdad de los seres humanos, la justicia social, la autoconciencia de los individuos de la sociedad, la lucha contra la desviación y la vileza, la preferencia de los ideales humanos sobre los deseos personales, la atención y el recuerdo divino, la negación de los dominios satánicos y los demás principios sociales del sistema islámico, así como la moral y la conducta personal y la piedad política y laboral, todo ello está inspirado y nace de esa cosmovisión y de esa concepción global del mundo y del ser humano. El Islam rechaza y considera erróneos los sistemas basados en la fuerza y el despotismo y generadores de opresión, ignorancia, asfixia, tiranía, humillación del ser humano y discriminación de razas, naciones, sangres y lenguas; y lucha con firmeza y resistencia contra todo sistema y toda persona que se apreste a combatir el sistema islámico y, aparte de ellos, ordena el amor y la ayuda hacia todos los seres humanos —sean de la misma creencia o de distinta creencia—. Sobre tales bases y con tales objetivos surgió la Revolución Islámica en Irán, y estableció el sistema de la República Islámica. Muchos han investigado el origen de la Revolución Islámica en febrero de 1979, y muchos han errado al comprender correctamente este asunto.
Consideramos este grandioso fenómeno como resultado, entre otras cosas, de la insuficiencia de los sistemas existentes en el mundo y del vacío en que han quedado las consignas de libertad, democracia e igualdad dentro de esos sistemas. El Islam, en medio de esa angustiosa oscuridad, logró destellar entre el polvo de la ilusión y la distorsión que durante varios siglos se habían levantado en torno a él. En Irán, ese destello se convirtió en resplandor y luego en tormenta; en muchas otras partes del mundo, los acontecimientos aún están por llegar. El movimiento de despertar de los musulmanes en muchos países islámicos, contrariamente a lo que se imagina y se propaga, no es hijo de la Revolución Islámica de Irán, sino su hermano. Irán está situado en uno de los puntos estratégicos más sensibles del mundo, con una historia y un legado científico y cultural, así como recursos poco comunes. La Revolución Islámica de Irán se levantó contra un régimen que había puesto todo eso al servicio de los intereses de las potencias dominantes del mundo y, en los últimos veinticinco años, más que nada al servicio del régimen de Estados Unidos. Nadie necesitaba esos bienes materiales y espirituales más que la propia nación iraní, y sin embargo todo ello le era negado. Las altisonantes pretensiones de aquel régimen eran mentira y engaño, aunque los aparatos de propaganda de Occidente —especialmente los vinculados a los sionistas— les daban una enorme publicidad. La Revolución Islámica surgió contra tal régimen y con objetivos grandes y firmes. De aquel día han pasado cerca de nueve años, pero aún quedan muchos asuntos de los que hablar.
Sobre nosotros, nuestra revolución, nuestros principios y nuestros puntos de vista se ha hablado más de lo habitual, y casi siempre de manera tendenciosa o ignorante. En nuestra revolución hay varios puntos distintivos que pueden considerarse una excepción respecto a la trayectoria habitual de las revoluciones. Abordaré esos puntos y, al final, expondré nuestro mensaje. Primero: esta revolución, incluso en su inicio, fue cien por ciento popular. No fue un grupo guerrillero armado, ni un partido político-militar activo, ni un grupo de oficiales revolucionarios y amantes de la libertad, ni ninguno de los otros tipos corrientes y habituales que provocan los cambios revolucionarios en los países. Nada de eso existía, estaba presente ni actuaba en nuestra revolución: solo era el pueblo, y además completamente desarmado, que en Teherán y en todos los demás lugares llenó de tal manera el ambiente, las calles y el entorno de la vida urbana con su presencia y sus consignas revolucionarias que ya no quedó lugar para el régimen ni para su gobierno. Ellos se vieron obligados a salir uno por uno y en grupo de los palacios y centros de su poder, y luego del país. El sah, el primer ministro, los altos mandos del ejército, los ministros y otros cabecillas huyeron del pueblo, cada uno como pudo.
Esto ocurrió después de que, durante más de un año, ellos hubiesen intentado dispersar al pueblo con todos sus medios —políticos, militares y policiales— y hacerlo volver a sus casas o a sus centros de trabajo. En ese período, miles de personas habían sido asesinadas ante los ojos de los demás, en la calle, en la mezquita, en la universidad, en el lugar de trabajo; pero la presencia del pueblo aumentaba día tras día. En los últimos meses, la violencia del aparato [represivo] se incrementó y, en respuesta, la presencia del pueblo también creció. El régimen, incapaz de resistir bajo la presión de la ira popular y habiendo renunciado a su propia vida, se vio obligado a conceder su mayor privilegio. El sah se marchó y, a partir de ahí, sus retiradas fueron sucesivas y rápidas. El gran Líder de la Revolución —cuyas palabras, una por una, infundían espíritu, conciencia y lección a cada individuo de la nación—, apoyándose en Dios Altísimo —en cuya mano todopoderosa están todos los poderes— y confiando en esa misma voluntad grandiosa e inquebrantable del pueblo, formó el gobierno de la Revolución. El régimen monárquico opresor, sin otro camino posible, abandonó el trono y huyó. Las últimas fortalezas fueron los cuarteles, vacíos ya de soldados y oficiales: también ellos habían huido, y muchos se habían unido a las filas del pueblo.
En los últimos momentos, unos pocos cuarteles resistieron un poco, pero en vano. Allí también estaba presente el pueblo, y el milagro de esta revolución fue la victoria popular. Solo después de la caída de los cuarteles obtuvo el pueblo armas, pero para entonces el sistema monárquico ya había caído; esas armas sirvieron para proteger el brote recién nacido de la Revolución. El pueblo —jóvenes y ancianos, mujeres y hombres— fue quien derrotó al régimen Pahlaví —que parecía fuerte, estaba completamente armado y contaba con el apoyo de las mayores potencias— y puso en marcha el sistema de la República Islámica. Sus armas eran su fe, su voluntad poderosa y su sangre; y la sangre triunfó sobre la espada. La política de la victoria de la sangre sobre la espada es la misma política de resistencia de los oprimidos. Nuestro Líder la proclamó antes de la victoria de la Revolución, y su primer milagro fue la victoria sobre el régimen del sah, armado hasta los dientes y con el pleno apoyo de Estados Unidos y Occidente; después de eso también hubo otras victorias, algunas incluso mayores que la victoria sobre el régimen del sah.
Esta fue una experiencia sin precedentes al menos en el último siglo, y conviene que sea objeto de reflexión y atención, tanto para los países sometidos como para las potencias dominantes del mundo. Segundo: esta revolución se apoyó en la religión, en el Islam. Son muchas las revoluciones cuyas raíces de lucha se han nutrido de la fe religiosa, aunque en la estructura de la revolución esa fe no se haya tenido en cuenta en absoluto o solo en muy poca medida. Pero nuestra revolución tomó del Islam todo: los objetivos, los principios e incluso los métodos de lucha, así como la forma del nuevo sistema y el modo de administrarlo. Esto otorga dimensiones asombrosas a la Revolución y ofrece una nueva definición de su victoria.
El Islam, por poseer esa enorme capacidad revolucionaria y constructiva, lleva al menos ciento cincuenta años siendo objeto de agresión por parte de las potencias colonialistas y de sus agentes reaccionarios y abyectos. Además, es una fe sagrada, una religión divina, presente en más de cincuenta países y entre mil millones de seres humanos. La victoria de una revolución cuyo espíritu y contenido es el Islam es, en realidad, una victoria sobre todos esos agresores y en el ámbito de la vida de todos esos mil millones de personas. Cientos de millones de hombres y mujeres —musulmanes y musulmanas— en decenas de países, sintieron como propia la victoria de nuestra revolución. Esta característica cierra también para el pueblo, para el Líder de la Revolución y para sus gestores el camino de la retirada, la derrota, la debilidad y el miedo. En el camino de Dios no hay derrota que traiga consigo debilidad, miedo o retirada.
Tercero: la no dependencia de Oriente ni de Occidente fue otra característica excepcional de esta revolución y es también hoy la política firme de nuestro sistema revolucionario. Esto es, en sí mismo, una de las manifestaciones de la creencia y la confianza en Dios en todas las escenas de nuestra vida individual y social. Hoy, el pensamiento dominante en la política mundial es que sin depender de uno de los polos de poder no se puede sobrevivir en el escenario político contemporáneo. Podrá discutirse la intensidad o la debilidad de esa dependencia, pero no se discute su principio. Incluso quienes en teoría aceptan la no dependencia y la no alineación creen que, en la práctica, es imposible.
Nuestra revolución, en semejante atmósfera, presentó una nueva filosofía y hasta hoy se ha mantenido fiel a ella. Nuestra revolución demostró que se puede no dejar entrar a las potencias dominantes, no tomar en serio su despotismo y no dejarse extorsionar por ellas, siempre que se tenga fe en un punto de apoyo más fuerte que cualquier poder material: Dios. Hemos sabido que por esta creencia y este camino también hay que pagar un precio elevado, y nos hemos preparado. Que esta experiencia guíe a las naciones hacia una independencia real e inquebrantable y, en última instancia, hacia el rechazo total de toda forma de dominación mundial. El proceso actual de división del poder amenaza a la humanidad con un futuro aún más amargo. Cuarto: otra característica excepcional ha habido y hay en nuestra revolución: las hostilidades y los golpes excepcionales contra ella.
Ninguna revolución en el mundo queda exenta de la enemistad del sistema hegemónico; pero la diversidad, la profundidad, la amplitud y la saña de las hostilidades que se han cometido contra nosotros a lo largo de nueve años constituyen un relato excepcional y digno de ser escuchado. Aún no había triunfado la Revolución cuando comenzó la enemistad contra ella, y en su mayor parte procedente de Estados Unidos. Quienes ahora consideran que el paso del tiempo les permite revelar secretos ocultos admiten hoy que, en los últimos meses de vida del régimen monárquico opresor, la maquinaria de la presidencia de Estados Unidos, el asesor de seguridad del presidente y el propio presidente daban ánimo al sah y lo alentaban a mantenerse firme.
El sentido de esta firmeza quedó reflejado con mayor claridad en las declaraciones del general Huyser, enviado a Teherán con una misión especial por el presidente de Estados Unidos. Según él, y conforme a las recomendaciones que había recibido, el régimen del sah debía mantenerse incluso a costa de la muerte de decenas de miles de personas, con el argumento —presentado como justificado— de que eso era preferible a que después muriesen muchas más. Para el régimen de Estados Unidos, la idea de que su no intervención en los asuntos internos de Irán podía evitar el derramamiento de sangre de decenas de miles de personas aquel día y de muchas más después fue rechazada por completo.
El fracaso de la misión de Huyser, su huida de Teherán y la captura o fuga de todos aquellos en quienes Estados Unidos había depositado sus esperanzas para ejecutar ese siniestro plan no tuvieron otra causa que la fuerza arrolladora de la ola revolucionaria y el enorme poder de una nación que se levantó por Dios y no teme a nada salvo a Dios. No fueron los enemigos de la Revolución quienes cedieron: fue la Revolución la que fue barriendo del campo a cualquier enemigo. El enemigo, ya antes, por mano del sah traidor, había ejercido toda la presión posible. Tras la victoria de la Revolución, las conspiraciones hostiles adoptaron otras formas. La primera fue el intento de infiltrar agentes enemigos en las administraciones revolucionarias; después, aprovechando el ambiente político abierto tras décadas de asfixia, la organización de partidos y grupos opositores a la Revolución.
En el primer caso resulta ilustrativo este ejemplo: un individuo incondicional, pero poco conocido —a quien semanas después de la victoria de la Revolución el Tribunal Revolucionario identificó como traidor y criminal— logró, en los primeros días del triunfo y movilizando medios e intermediarios, convertirse en comandante de la Fuerza Aérea. En cuanto al segundo, basta decir que abarcaba un espectro que iba desde monárquicos hasta comunistas, y desde separatistas hasta paniranistas. No hay que olvidar que algunas embajadas en Teherán, incluida la de Estados Unidos, servían de centro para dirigir y apoyar a algunos de estos grupos. El terrorismo brutal fue otra de las hostilidades vengativas contra la Revolución.
Grupos sin base popular, mediante el robo de armas y materiales —que en aquellos días no era tarea difícil— y, después, con el apoyo de gobiernos extranjeros, crearon la mayor red terrorista de Irán. Atentados individuales y colectivos, explosiones devastadoras, secuestros de aviones y de personas, torturas y matanzas espantosas fueron obra de varios grupos terroristas apoyados y alentados por los grandes enemigos de la Revolución en Irán. Las víctimas de esta ola de crueldad y violencia pertenecían a todos los estratos sociales: desde las más altas autoridades de la Revolución y del país hasta personas comunes —obreros, mujeres, niños y transeúntes desprevenidos—. Hoy, los individuos y líderes de esos mismos terroristas —que en su mayoría han asumido también la responsabilidad de sus crímenes— gozan de inmunidad y de una vida cómoda en Estados Unidos, Francia y algunos otros países occidentales, y son presentados como la oposición a la Revolución; y esos mismos países acusan con frecuencia a la República Islámica de terrorismo. Una de las paradojas más asombrosas de la política es que las víctimas más oprimidas del terrorismo ciego y brutal sean acusadas de terrorismo, y precisamente por quienes tuvieron un gran papel en dirigir a los terroristas hacia la República Islámica y luego en darles refugio.
Yo, como presidente y servidor de mi país, y en nombre de quien también fue blanco de uno de estos crímenes violentos —y cuyo atentado Dios hizo fracasar—, me enorgullezco de que mi nación no temblase ante estas crueldades. Los acontecimientos sin precedentes —solo en uno de ellos alcanzaron el martirio setenta y dos líderes y altos cargos de la Revolución, entre ellos varios ministros, varios diputados del parlamento, algunas altas autoridades y la personalidad sin par de la Revolución, el mártir Beheshti; y en otro, el presidente y el primer ministro juntos— no han hecho sino aumentar su fe y su confianza en Dios, así como su ira revolucionaria.
El golpe de Estado, esa experiencia sangrienta y habitual de las potencias con todas las revoluciones, también se organizó en Irán en varias ocasiones, y en un caso llegó a etapas muy cercanas y peligrosas. De no haber sido por la vigilancia de los agentes y la ayuda del pueblo, se habría cumplido la misma predicción del general estadounidense: el baño de sangre y la matanza de millones, más de una vez. La mayor, más dolorosa y más catastrófica hostilidad de nuestros enemigos fue provocar la guerra impuesta: despertar la ambición de un vecino, animarlo a atacar y alentarlo con apoyo y ayuda. Hoy, después de siete años, todos pueden estar claramente seguros de que el ataque del ejército iraquí del 22 de septiembre de 1980 —es decir, diecinueve meses después de la formación de la República Islámica—, llevado a cabo con diez divisiones y cientos de aviones de combate por tierra, aire y mar, tenía también como objetivo —además del expansionismo y la anexión de parte de Irán a Irak, algo que se ha especificado repetidamente en libros y en la prensa iraquí o extranjera a sueldo— la derrota de la Revolución y el derrocamiento de la República Islámica.
Ellos han declarado ambos objetivos con claridad en numerosas ocasiones, y con ello se han delatado. Los grandes resultados que Irak podría obtener de esta victoria —de la victoria de este ataque—, aparte de la consolidación de su situación interna, eran su aparición en el escenario regional e incluso en el ámbito árabe como potencia suprema, lo cual, para los desvergonzados gobernantes de Irak, es mucho; y también la obtención de una frontera significativa en la zona tan importante del golfo Pérsico. Con esta victoria, que inevitablemente debía conllevar la derrota de Irán, su desmembramiento y la caída del sistema de la República Islámica, las potencias con mentalidad hegemónica también alcanzarían un gran objetivo: eliminar un sistema que, con su aparición, había cambiado las ecuaciones políticas y económicas de la región y había cortado la mano de la arrogancia —especialmente la de Estados Unidos— del gran país de Irán. Para Estados Unidos y algunos otros, en caso de nuestra derrota, el agua derramada volvería a su cauce y se repetiría la misma historia de siempre: infiltración económica, política, etc. Al principio fuimos sorprendidos, lo admitimos. La ocupación en los innumerables problemas internos de la Revolución y la falta de experiencia suficiente nos lo impusieron; pero las características de la Revolución nos ayudaron.
En unos meses, el pueblo y las Fuerzas Armadas, con su presencia y su esfuerzo milagrosos, protagonizaron una gran gesta y liberaron una parte importante de los territorios usurpados. Pero la catástrofe de ese período es verdaderamente indescriptible. ¡Qué ciudades tan prósperas como Jorramshahr, Abadán, Hoveyzeh y Qasr-e Shirin, que fueron arrasadas hasta los cimientos! Solo en Dezful cayeron 173 misiles tierra-tierra. ¡Qué villas tan prósperas de las que no quedó ni una pared en pie! ¡Qué fábricas convertidas en chatarra! ¡Qué campos de cultivo sin la menor señal de prosperidad! ¡Qué valiosos tesoros culturales dañados! Y, lo más querido de todo: ¡qué vidas preciosas y seres humanos inocentes asesinados!
Entre los crímenes de guerra cometidos —desde el ataque salvaje contra zonas residenciales civiles hasta la matanza despiadada de miles de niños y mujeres indefensos, la captura de viajeros en las carreteras ocupadas durante las primeras semanas de la guerra, el desprecio por los compromisos y las normas internacionales, el uso masivo de armas químicas y el bombardeo de barcos comerciales, aviones civiles y de pasajeros, y trenes de viajeros— figuran las acciones constantes y conocidas de Irak durante esta guerra. La nación iraní, en la primera ocasión en que, tras los esfuerzos iniciales de la guerra, pudo reflexionar y hacer balance de los acontecimientos, llegó a una amarga verdad: el fundamento de seguridad que se establece confiando en la palabra y el pacto de un agresor incendiario es muy frágil y carece de valor; y confiar en esa seguridad es ingenuo e irracional.
El presidente del régimen de Irak declaró explícitamente que su acuerdo previo con el gobierno de Irán en 1975, conocido como los Acuerdos de Argel, celebrado en un momento de debilidad de Irak, ya no era aplicable; rompió el acuerdo y, pocos días después, inició el ataque. Fue una lección amarga e instructiva para nuestra nación. Desde ese momento, nuestra nación despierta y revolucionaria tomó su decisión y definió sus objetivos.
El objetivo no era solo recuperar las tierras ocupadas o recibir compensación de guerra —aunque ambos eran un derecho indiscutible de la nación iraní y muchos daños eran irreparables—, sino que el objetivo más importante era castigar al agresor y desmantelar el aparato de agresión. Al plantear el castigo al agresor, no solo buscábamos un apoyo seguro para nuestra seguridad nacional, sino que eso garantizaba y garantiza seguridad y estabilidad para toda la región. Si la comunidad internacional castiga al agresor por su agresión, se puede estar seguro de que, al menos durante años, ese impulso —que siempre puede aparecer en elementos malvados y oportunistas— quedará aplacado; y la región, o quizás el mundo, no padecerá las calamidades de una guerra agresiva e injustificada. El Tribunal de Núremberg logró garantizar más de cuarenta años de paz y seguridad en la Europa belicosa. ¿Por qué no habría de aprovecharse esa experiencia? Las grandes potencias, incluso cuando miles de kilómetros cuadrados de nuestro suelo estaban bajo las botas de los invasores, valiéndose del poderosísimo instrumento de la propaganda, nos presionaban para que aceptásemos el alto el fuego.
Esto significaba dejar una parte de nuestro ser y de nuestro honor a merced del enemigo y, con la esperanza de recuperarla, ir a mendigar ante este o aquel comité internacional. Para una nación grande, gloriosa y revolucionaria no hay humillación mayor. Incluso los seres humanos más insensatos del mundo tienen ante sí, para rechazar tan opresiva propuesta, la trágica y sangrienta historia del pueblo palestino como prueba grande y viva. Si los altos el fuego impuestos y las promesas engañosas y vanas hubiesen podido llevar al pueblo palestino a su derecho claro e indiscutible, también habrían llevado a cualquier otra nación.
Nosotros hoy también —cuando hemos liberado la mayor parte de los territorios ocupados con la lucha heroica de nuestra nación y con el sacrificio de miles de vidas queridas, y aunque todavía partes de ellos, incluida Naft Shahr, están en poder del ejército agresor— consideramos que nuestro objetivo más importante es castigar al agresor. Y hoy, al mirar el enorme e irreparable caudal que la guerra impuesta nos ha arrebatado, le damos más importancia que nunca; y cualquier otro logro sin eso lo consideramos una pérdida para nuestra nación. Nosotros, que llevamos sobre los hombros la pesada carga de una guerra impuesta de siete años, estamos más sedientos de paz que nadie. Pero la paz, la paz duradera, solo la consideramos alcanzable a la sombra del castigo a un agresor que ha sumado al pecado de la agresión muchos otros pecados durante la guerra, y no de otra manera. Hoy también, como en 1975, Irak está en una posición de debilidad, y esto lo sabe todo el mundo. La paz que hoy acepte ese régimen, unos años después, cuando se sienta poderoso, se desvanecerá como el humo en un instante, y el fuego de la guerra volverá a envolver la región. La única garantía para el futuro es que el agresor sea castigado.
La paz es, sin duda, una palabra bella y atractiva; hasta tal punto que los grandes incendiarios internacionales y los fabricantes de armas que incendian el mundo también muestran interés por ella y hablan de ella con hipocresía. Pero en nuestra opinión, la justicia —una palabra que los poderosos y los agresores miran siempre con miedo y cautela— es superior y más importante que la paz. Muchos son los oprimidos que han sacrificado la vida, el bienestar y la paz por alcanzar la justicia; ellos siempre han sido reconocidos como héroes. Las ciudades de Europa todavía se enorgullecen de su resistencia contra la agresión de Hitler, y Leningrado aún se enorgullece de su sacrificio, que frustró y dejó atónito al ejército de Napoleón, y de su resistencia de cuatro años en el asedio de los invasores nazis. Las Naciones Unidas, en particular conforme al artículo primero de su Carta, están obligadas a garantizar la justicia en su forma específica —es decir, hacer frente al agresor—. Esto es precisamente lo que exigimos al mundo y a las Naciones Unidas.
Con hipocresía, las grandes potencias llaman «sinrazón» a esta guerra que nos ha sido impuesta, mientras ellas mismas no han dejado de brindar apoyo militar, político y económico al agresor que la inició. No hay duda de que desencadenar una guerra así es siempre una sinrazón, pero no usaban tal expresión mientras el agresor aún no se había desesperado por alcanzar sus siniestros objetivos. Sin embargo, hoy esta guerra tiene para nuestra nación un significado muy importante: es un esfuerzo abnegado por arrancar la raíz de la agresión y demostrar que una nación es capaz de defender su revolución, su estabilidad y su honor a pesar de la voluntad de las grandes potencias. Nuestra nación, con su sacrificio y su entrega, está rompiendo e invalidando una ecuación que siempre ha alentado la agresión y la guerra: la idea de que apoyarse en armas avanzadas y en el respaldo de las potencias garantiza el éxito. La nación iraní, durante estos siete años, ha buscado la respuesta a una gran pregunta.
Quisiera plantear esa pregunta desde esta tribuna. La pregunta es: ¿por qué aquellos gobiernos que saben clara y categóricamente que el régimen de Irak es el que enciende el fuego de la guerra y comete la agresión —y no son pocos los que conocen esta verdad— han guardado silencio ante este gran crimen y pecado internacional? ¿Y por qué los medios de comunicación del mundo han olvidado su enorme responsabilidad ante la conciencia de la humanidad y el juicio de la historia en este asunto? Puede que la clave para resolver este enigma sea el conocimiento de las relaciones políticas del mundo actual y de la configuración defectuosa que la dominación de las grandes potencias ha creado en las relaciones globales; y esto no está oculto a los ojos de nuestra nación.
Pero la pregunta para la que no se puede encontrar ninguna respuesta convincente es: ¿por qué el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un órgano creado fundamentalmente para hacer frente a la agresión y garantizar la seguridad internacional, olvidó por completo su deber ante esta agresión e incluso actuó en contra de él? Conviene que todos sepan que el Consejo de Seguridad no mostró ninguna reacción al inicio del ataque de Irak —que se produjo en un frente de mil kilómetros de ancho—. El ejército iraquí, en el plazo de una semana, cruzó las fronteras internacionales y en algunos puntos avanzó hasta setenta, ochenta o noventa kilómetros hacia el interior, y se estableció allí, con la intención —como dijeron algunos líderes iraquíes— de no salir nunca de allí. Solo después de esto se emitió la primera resolución del Consejo de Seguridad, el 28 de septiembre de 1980. Esta resolución no mencionó la agresión ni la ocupación, ni consideró necesario el regreso a las fronteras internacionales; sino que, en lugar de todo eso, para gran asombro, invitó a las partes a no recurrir más a la fuerza. Esta frase, en realidad, hacía caso omiso de lo que hasta ese día había sido ocupado por las fuerzas armadas iraquíes: solo le pedía que no avanzase más, y a Irán le pedía que se abstuviese de la guerra para repeler al agresor.
Este fue el primer acto del Consejo de Seguridad, y en él el propio Consejo pisoteó vergonzosamente sus funciones principales, es decir, la custodia de la paz y la seguridad internacionales. Después de eso, un silencio sepulcral se instaló en el Consejo de Seguridad: hasta la liberación de Jorramshahr —una operación en la que se quebró la columna vertebral de las fuerzas ocupantes y miles de ellas fueron hechas prisioneras en medio de la humillación—, el Consejo olvidó la guerra sangrienta y continua que por entonces copaba los titulares del mundo. Durante ese período, las heroicidades de nuestra nación y la formación de nuestras fuerzas combatientes anunciaban el surgimiento de una fuerza joven, revolucionaria y decisiva en la región, e hicieron que las potencias mundiales perdiesen toda esperanza de alcanzar los siniestros objetivos que perseguían con el ataque de Irak contra Irán. Fue entonces cuando el Consejo de Seguridad volvió a acordarse de la guerra entre Irán e Irak. Unas semanas después de la liberación de Jorramshahr se emitió la segunda resolución del Consejo, el 12 de julio de 1982. Esta resolución pedía el regreso a las fronteras internacionales, es decir, algo que en su mayor parte ya se había logrado con el sacrificio de nuestra nación y con el valor incomparable de nuestros combatientes. En esta resolución tampoco había palabra alguna sobre la agresión, ni mención del agresor, ni recuerdo de los daños ni remedio para compensarlos, ni garantía alguna para una seguridad y una estabilidad reales, ni castigo para quien provocó la inseguridad. Una vez más nos encontramos solos en nuestro esfuerzo por hacer valer nuestro derecho. Hasta hoy, el Consejo de Seguridad ha adoptado siempre la misma postura respecto a la guerra que se nos ha impuesto.
Las iniciativas independientes del secretario general iban encaminadas a allanar el camino y ayudar a las Naciones Unidas a alcanzar sus objetivos, pero no se aprovechó esa posibilidad. Aquí considero necesario expresar nuestra satisfacción por sus esfuerzos, y también recordar con aprecio al difunto primer ministro de Suecia, el señor Olof Palme, que en su calidad de representante del secretario general realizó una labor diligente. El viaje del secretario general a Teherán y las provechosas negociaciones que se mantuvieron en torno a la resolución 598 fueron también otro paso en este camino. Consideramos esas negociaciones realistas y prometedoras, tal como parece indicarlo también el informe del secretario general al Consejo de Seguridad. Es profundamente lamentable comprobar que algunos de los miembros influyentes del Consejo de Seguridad desean ocultar esta verdad. Son los mismos que desde el principio encaminaron sus esfuerzos a aprobar esta resolución con la intención de presionar a la República Islámica.
Hemos transmitido al secretario general nuestros puntos de vista con toda claridad al respecto, y esperamos que el Consejo de Seguridad, conforme a su deber, aproveche correctamente la oportunidad que se le ha brindado. ¿Tiene el Consejo de Seguridad algún argumento para justificar el incumplimiento de su primer deber —es decir, hacer frente a la agresión, algo que el artículo primero de la Carta considera prioritario sobre todos los demás objetivos—? ¿En qué medida ha presionado a Irak, conforme a lo dispuesto en los artículos del Capítulo VII, para hacer frente a la amenaza a la paz, la violación de la paz y el recurso a la fuerza? La neutralidad es lo mínimo que la República Islámica —víctima de una agresión sangrienta y costosa— puede esperar del Consejo de Seguridad. Porque el deber de ese Consejo es hacer frente a la agresión y apoyar a la víctima, y no mantenerse neutral entre ambas partes; pero ¿puede acaso el Consejo de Seguridad pretender que ha sido siquiera neutral en este asunto? Nuestra impresión es que el Consejo de Seguridad, bajo la influencia de la voluntad y la decisión de algunas grandes potencias —especialmente Estados Unidos—, ha quedado en una posición tan impropia como condenable. En tal caso, hay que decir que la estructura de seguridad edificada sobre el respaldo de un Consejo de Seguridad semejante es un deslumbrante palacio de cartón. Las naciones —especialmente las del tercer mundo y, en particular, las que desean vivir completamente independientes de las superpotencias— nunca podrán pedir a este Consejo de Seguridad la garantía de su seguridad. La abstención de condenar a Irak como agresor ha mantenido encendido el fuego de la guerra impuesta e incluso lo ha extendido. Ahora, el golfo Pérsico, debido a la presencia militar de Estados Unidos y de otros países que han entrado en la región siguiendo al Gran Satán y por insistencia y presión suya, se ha convertido en un peligroso polvorín.
Considero necesario llamar la atención de la Asamblea General de las Naciones Unidas, así como de la opinión pública estadounidense, sobre el peligro enorme e inminente con el que el régimen estadounidense, con su reciente acción en el golfo Pérsico, amenaza ahora a todo el mundo, y no solo a la región. Ayer, buques de guerra estadounidenses atacaron un buque mercante iraní llamado Iran Aŷr. Dejaron cinco muertos y cuatro heridos; se apoderaron del barco y detuvieron y tomaron como rehenes a varias personas. Ayer la televisión estadounidense presentó esto como el ataque a una lancha que estaba colocando minas y, como de costumbre, engañó a la opinión pública mundial. Pero yo declaro ahora que se trataba de un buque mercante llamado Iran Aŷr, y no de una lancha rápida de guerra. Este es el comienzo de unos acontecimientos cuyas amargas consecuencias sin duda no se limitarán al golfo Pérsico, y la responsabilidad de todos los sucesos posteriores recae sobre quien los inició, es decir, Estados Unidos. ¿Deben creerse las insistentes pretensiones de Estados Unidos de querer la paz en el golfo Pérsico? ¿O más bien esta provocación incendiaria, práctica y manifiesta? Declaro explícitamente que Estados Unidos recibirá respuesta a este acto vil.
Esta es solo una de las siniestras consecuencias de la Guerra Impuesta y el resultado de la incapacidad del Consejo de Seguridad para hacer frente a la agresión de Irak. Si el Consejo de Seguridad hubiese condenado a Irak por iniciar la Guerra Impuesta, y luego por iniciar la Guerra de las Ciudades y después la Guerra de los Petroleros, hoy Estados Unidos no podría, a pesar de la presión de la opinión pública mundial e incluso dentro de Estados Unidos, lanzar una amenaza tan manifiesta contra la paz y la seguridad globales; y ello de forma inmediata y a pesar de la resolución 598, en cuya preparación y emisión fue él mismo el principal artífice. ¿Acaso la resolución 598 fue preparada solo para presionar a la República Islámica? Debo declarar a todo el mundo y, en especial, a la gran nación estadounidense que la presencia militar amenazante de Estados Unidos en el golfo Pérsico es solo una de las hostilidades manifiestas del régimen estadounidense contra nuestra nación.
La historia de nuestra nación tiene un capítulo negro, amargo y sangriento, tejido con todo tipo de enemistades y rencores del régimen estadounidense. Veinticinco años de apoyo al régimen dictatorial y criminal de los Pahlaví, con todos los crímenes que cometió contra nuestra nación. El saqueo de los bienes de esta nación en complicidad con el sah; la firme oposición a la Revolución en los últimos meses de vida del régimen del sah y el alentarlo a reprimir las manifestaciones multitudinarias del pueblo; el sabotaje a la Revolución por diversos medios en los primeros años de la victoria; el contacto provocador de la embajada de Estados Unidos en Teherán con elementos contrarrevolucionarios; la ayuda a los golpistas; la ayuda continua a elementos terroristas y contrarrevolucionarios en el extranjero; el bloqueo de los fondos y bienes de Irán y la no entrega de mercancías cuyo precio había sido recibido mucho antes; la no entrega de bienes que el sah tomó del erario y depositó a su nombre en bancos estadounidenses; los intentos de bloqueo económico y de crear un frente unido de Occidente contra nuestra nación; el apoyo abierto y eficaz a Irak en la guerra contra nosotros y, finalmente, el despliegue militar ilógico y abusivo en el golfo Pérsico, que pone en grave peligro la seguridad y la tranquilidad de la región. Todo esto forma parte de las acusaciones de nuestra nación contra el régimen de los Estados Unidos de América. Acusaciones que pueden poner en seria duda todas las pretensiones pacifistas y las declaraciones de los líderes de este régimen acerca de sus buenas intenciones hacia la República Islámica, que aparentemente no tiene otro objetivo que resolver sus problemas internos.
El último ejemplo de la serie de hostilidades de Estados Unidos contra nuestra nación es la sangrienta catástrofe que se desató contra los peregrinos indefensos y oprimidos en la tierra santa de La Meca y en el santuario seguro de Dios. En ella, cerca de cuatrocientos iraníes y personas de otras nacionalidades —en su mayoría mujeres— alcanzaron el martirio, y muchos más resultaron heridos o golpeados. Según ciertos indicios, la mano de Estados Unidos estuvo presente en esta catástrofe sin precedentes en la historia. ¿Pueden el régimen estadounidense y sus aliados saudíes ofrecer una respuesta convincente por la matanza de tantos hombres y mujeres oprimidos e inocentes? Sin duda, los responsables de la catástrofe se ven obligados a inventar pretextos y lanzar acusaciones para justificar su acto; pero la naturaleza misma del suceso —de un lado, cerca de cuatrocientos viajeros muertos, en su mayoría mujeres; del otro, una policía local armada con ametralladoras, porras y gas venenoso— cierra el camino a cualquier pretexto. Es cierto que la sangre derramada injustamente, por la opresión y la crueldad, lleva consigo un mensaje elocuente —no solo para hoy, sino para todos los tiempos— y pone al descubierto la mano sangrienta. Pero el suceso de La Meca, en la medida en que muestra la coordinación de la política estadounidense con el reaccionarismo árabe y descorre el velo de los ocultamientos de ambos en la región del golfo Pérsico, tiene dimensiones globales y merece ser examinado con detenimiento en los foros internacionales.
Considero necesario decir con énfasis que esta acusación es contra los cabecillas del régimen estadounidense, y no contra la nación estadounidense, la cual, si se informase de lo que su gobierno ha hecho con una nación, firmaría esa acusación. Nuestra nación ha demostrado que cree en sus objetivos y que se mantiene en su camino hasta el límite de entregar la vida. Una nación así no teme a Estados Unidos ni a ninguna potencia, y con la ayuda de Dios demostrará que la victoria pertenece a la verdad y a quienes creen en ella. Señor presidente, señor secretario general, distinguidos asistentes: esta fue la historia de nuestra revolución. Una revolución que, si bien creó una ola de esperanza extendida entre las naciones que han sufrido la dominación de la arrogancia mundial, también creó una ola de oposición de igual magnitud entre los polos de la dominación internacional. Y estas oposiciones, aunque serias, profundas y variadas, no pudieron derribar un brote de raíces hondas que se volvía más firme día tras día, aunque se le arrojasen muchas piedras y sufriese muchas heridas.
Que todo el mundo vea ahora —y lo ve— que nosotros, a pesar de la violencia de las dominaciones, estamos vivos y seguiremos vivos. Las leyes divinas de la historia han dictado esto, y no será de otra manera; este es nuestro mensaje más vivo y elocuente. El sistema hegemónico siempre ha querido demostrar lo contrario y presentar su propia administración como la que decide el destino de las naciones y los países del tercer mundo; nosotros lo rechazamos. No hay duda de que el sistema de dominación no quería la vida ni la continuidad de la República Islámica, pero nuestra voluntad prevaleció. Nuestro mensaje a todas las naciones y gobiernos que quieren permanecer independientes e indiferentes a la voluntad y la decisión de las grandes potencias dominantes es que no les teman y que confíen en sí mismos y en su pueblo. Nuestra revolución considera también su gran mensaje el rechazo del sistema hegemónico en el mundo. Hoy, en la práctica, el mundo está dividido entre las grandes potencias y los dominadores, y ellos se consideran dueños del mundo. Dicho de otro modo, el mundo está dividido en dos partes: la dominante y la dominada, y la primera se considera dueña del destino de la segunda. El sistema hegemónico consiste precisamente en la existencia de esas relaciones desiguales entre ambas partes del mundo. El sistema hegemónico, cuando quiere, niega las revoluciones y crea dificultades a los regímenes revolucionarios. Nicaragua y los países revolucionarios del sur de África son algunos ejemplos vivos de esta verdad. El sistema hegemónico decide por las naciones a pesar de ellas.
La oprimida Palestina es el ejemplo por excelencia, y Afganistán, otro ejemplo de esta verdad. El sistema hegemónico manipula los conceptos a su antojo y los cambia según sus intereses, y emplea todos sus medios para imponerlos. El terrorismo y los derechos humanos son ejemplos de conceptos manipulados.
El sistema hegemónico incluso ataca directamente a los países que son objeto de su ira. Ejemplos recientes son el ataque de Estados Unidos contra Libia y Granada. El sistema hegemónico decide por todo el mundo y en lugar de todas las naciones. El ejemplo de ayer es Hiroshima, y hoy el propio presidente de Estados Unidos se enorgullece de la obra espantosa de sus antecesores, con el argumento de que, si no hubiesen matado a aquellos miles, después podrían haber muerto muchos más en todo el mundo; y así exhibe la compasión paternalista de Estados Unidos hacia el mundo entero. El sistema hegemónico apoya regímenes fascistas y racistas como Israel y Sudáfrica, y los lanza como un brazo armado y sangriento contra las naciones oprimidas. El Líbano musulmán —que se mantiene paciente y resistente frente a las agresiones malévolas de los sionistas— es un ejemplo evidente, y los países de la línea del frente del sur de África son otros ejemplos.
El sistema hegemónico se atribuye a sí mismo el derecho de presionar a las organizaciones internacionales; un ejemplo actual es la presión de Estados Unidos sobre el Consejo de Seguridad y la UNESCO. El sistema hegemónico considera los intereses de los dominadores como absolutos y hace caso omiso de los intereses de los demás; un ejemplo es la presencia tensa y peligrosa de los buques de guerra estadounidenses en el golfo Pérsico, llevada a cabo con el argumento de preservar los intereses de Estados Unidos y sin tener en cuenta los intereses de los países de la región. En resumen, el sistema hegemónico se apropia de la propaganda mundial y, con su ayuda, presenta todas las realidades al revés y todas estas maldades como un servicio, y cierra a la opinión pública mundial el camino para enfrentarse a él. Nuestro mensaje a todas las naciones y gobiernos del tercer mundo, así como a las naciones cuyos gobiernos son ellos mismos creadores del sistema hegemónico, es que el mundo no debe soportar por más tiempo esta situación anómala. Todos deben decir a las potencias y a los grandes gobiernos: quédense en vuestras casas y dejen el mundo a todos los pueblos del mundo; ustedes no son sus tutores. En las Naciones Unidas hay dos discriminaciones injustas: el derecho de veto y la membresía permanente en el Consejo de Seguridad; ambas deben ser eliminadas.
Esto es lo único que puede hacer que las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad sean verdaderamente ese centro al que todas las naciones se aferren y en el que resuelvan sus asuntos mutuos. De lo contrario, como hoy, el Consejo de Seguridad será siempre un lugar para emitir fallos sin valor y órdenes sin efecto, y las naciones sentirán siempre, como hoy, que no hay lugar para resolver los problemas internacionales y que la violencia es el único camino para avanzar en los asuntos.
Nuestro mensaje a los gobiernos del tercer mundo es que, mientras perduren el sistema hegemónico y la situación actual, se esfuercen en el camino de la unidad entre ellos; este es el mejor camino para fortalecerse. Las potencias dominantes no entienden nada excepto la fuerza y el poder, y frente al lenguaje de la fuerza que ellas emplean hay que hablar con el lenguaje de la fuerza. El despertar de las naciones y su toma de conciencia de la naturaleza y el papel del sistema hegemónico es el mayor respaldo de los gobiernos del tercer mundo y la fuente de un poder real frente a los dominadores. Los líderes de estos gobiernos no tienen ningún brazo poderoso ni otra opción que el pensamiento claro y la voluntad firme de sus propias naciones. La unión que proponemos a los países del tercer mundo no es una unión para luchar contra las grandes potencias; es una unión para defenderse y evitar la vulneración de sus derechos legítimos. Las potencias dominantes son el mayor factor de justificación y propagación de la corrupción: corrupción moral, corrupción sexual y corrupción de las creencias.
Todos ellos hallan sus principales apoyos y promotores en los motivos políticos, económicos y de espionaje de estas potencias. Y así ha sucedido que hoy, en el mundo sombrío y amargo —que esta vez abarca también a las propias naciones pertenecientes a las grandes potencias—, los valores morales están arruinados, el fundamento de la familia es débil y tambaleante, el flagelo del alcoholismo y la drogadicción es más dominante que nunca, y el atractivo de la espiritualidad y la moral nunca ha sido tan escaso. Debemos emprender una lucha seria contra la corrupción en nuestros países; debemos fortalecer el fundamento de la familia y convertir el primer y más importante hogar de formación del ser humano en un centro de amor, pureza, afecto y espiritualidad. Debemos insistir en la protección de los derechos y valores de la mujer, y revisar los criterios actuales —que son obra y hechura de este mismo sistema hegemónico—; y liberar de verdad a la mujer de ser un medio para el placer, algo que la cultura de la dominación occidental prácticamente le ha impuesto. La mujer es una erudita, una política, una administradora, una personalidad destacada y, por encima de todo, una esposa y una madre; sí, pero un medio para la gratificación y el entretenimiento, no. Esto es lo que podrá otorgar a la mitad de la humanidad su verdadera identidad y personalidad, y dar a la familia un fundamento duradero y sagrado. Estos son los mensajes de nuestra revolución; no solo a quienes tienen oídos dispuestos a escuchar, sino a todos aquellos que pueden apartar los velos que les impiden oír y recurrir a un juicio justo.
Gracias.
22/09/1987








