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¿Cómo se abrieron las puertas de las gracias divinas para el Líder Mártir de la Revolución Islámica?

¿Cómo se abrieron las puertas de las gracias divinas para el Líder Mártir de la Revolución Islámica?

Algunos recuerdos del ayatolá Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí, Líder de la Revolución Islámica sobre el Líder Mártir

En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso.

Lo que usted está leyendo son algunos fragmentos de la única entrevista realizada hasta ahora al Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí (Dios prolongue su sombra protectora). A lo largo de los años, Su Eminencia se había abstenido de aparecer en los medios de comunicación y de conceder ningún tipo de entrevista, pero en esta excepcional ocasión, que tuvo lugar en vísperas de un homenaje a la posición académica y espiritual del ayatolá Seyed Yavad Jameneí (Dios tenga misericordia de él), padre del Líder mártir de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Alí Jameneí, accedió a mantener este diálogo, únicamente con el propósito de cumplir con el deber de reconocimiento y exaltación de la personalidad del difunto homenajeado. En el momento de realizarse esta entrevista, que duró varias horas —hacia la mitad del año 1400 en el calendario solar persa, equivalente a finales del año 2021 d. C.—, se habló de diversos temas además del difunto ayatolá Seyed Yavad Jameneí, entre los cuales se incluyen recuerdos personales y algunas características distintivas e inigualables del Líder Mártir de la Revolución Islámica. Por otra parte, al responder a las preguntas, Su Eminencia remarcaba que el asunto principal de la entrevista era aquel piadoso sabio de Dios y reconducía la conversación hacia su eje principal, de modo que su propósito fundamental no era describir ni explicar los distintos aspectos de la personalidad del Líder Mártir de la Revolución Islámica. Sin embargo, en el encuentro se registraron palabras bien dignas de leer y merecedoras de atención. Es por ello que hemos seleccionado para los lectores de KHAMENEI.IR aquellos fragmentos de la entrevista que se refirieron principalmente al Líder Mártir de la Revolución Islámica. El texto completo de la entrevista será incluido por Entesharat-e Enqelab-e Eslamí (Ediciones de la Revolución Islámica), Dios mediante, en una publicación especial de homenaje al ayatolá Seyed Yavad Jameneí (Dios santifique su alma) titulada Sahifé-ye parsaí (1).

 Algo que salta a la vista en las memorias orales de sus tíos y hermanos es el afecto y el vínculo especial que ligaban al difunto ayatolá Seyed Yavad con Su Eminencia (Seyed Alí Jameneí). ¿Recuerda usted algo al respecto?

Su Eminencia tenía con su padre una relación de gran afecto y cercanía. Por supuesto, entre padres e hijos suele haber una relación afectuosa y de cercanía, pero como usted ha señalado, parece que la relación del difunto Seyed Yavad con mi padre no era una relación de mero afecto, sino que era como si hubiera algo más allá. Quizás el principal motivo de ello fueran las cosas que había hecho mi padre, que como se dice comúnmente, habían hecho que mi padre «floreciera» ante los ojos de mi difunto abuelo. Por ejemplo, al parecer, a una edad muy temprana tenía dos alumnos, personas adultas que iban a tomar lecciones de él, y parece que una de esas personas fue y lo invitó a ir a dar una charla sobre cuestiones de derecho religioso a una reunión femenina de duelo.

En aquella época, asistía a las reuniones un «explicador de cuestiones» que aclaraba los preceptos de la religión basándose en libros que estaban en forma de preguntas y respuestas. Todavía no estaban en boga los tratados de jurisprudencia práctica al estilo actual; parece que este modelo de tratado se generalizó a partir de la época del ayatolá Boruyerdí. Yo mismo tenía dos libros de preguntas y respuestas de la biblioteca de nuestro abuelo materno. Él era al fin y al cabo comerciante y tenía libros de esos: uno de preguntas y respuestas del difunto Seyed Abolhasán Esfahaní y otro del difunto sheij Abdolkarim Haerí Yazdí. Parece que [el ayatolá Jameneí] había tomado uno de esos libros de preguntas y respuestas de su difunto padre, quien le había pedido que lo explicara, y él fue y salió airoso de la situación. En aquella época, mi padre tenía alrededor de doce o trece años. De manera que estas cosas influyeron de manera natural en la mente del difunto Seyed Yavad.

Otra particularidad es esa notable faceta académica de Su Eminencia a tan temprana edad. Naturalmente, la manifestación de ese talento científico de mi padre influyó en la percepción de mi difunto abuelo.

Al parecer, cuando el difunto Seyed Yavad enseñaba a mi padre el Sharh al-Lum’a y vio su agudeza y prontitud en las respuestas durante las lecciones, dijo: «¡Alí es un mochtahed!». Por supuesto, tal expresión a esa edad no implicaba una confirmación de ichtihad en el sentido convencional del término; después de todo, Su Eminencia trabajó durante años, asistiendo a las lecciones de muchos de los grandes sabios. Aquella expresión era en realidad un modo de elogio y expresión de la admiración que tenía el difunto Seyed Yavad por el estado académico de mi padre; lo que quería decir es que, si seguía por ese camino, en poco tiempo debería de alcanzar lógicamente el ichtihad convencional. Además, [mi padre] mostraba una obediencia notable a su progenitor y lo ayudaba con otros asuntos, como cuando el difunto Seyed Yavad iba al santuario [del imam Reza (P)]. Al parecer, en algunas ocasiones en que el difunto Seyed Yavad peregrinaba a Mashad, mi padre, que era adolescente, lo acompañaba. En el trayecto, algunas personas saludaban a mi abuelo, pero como él estaba ocupado con sus oraciones supererogatorias o con algún dikr, quien respondía al saludo de la gente era mi padre. Mi difunto abuelo era muy estricto en la realización de oraciones supererogatorias y actos recomendables. Mi padre relata que había rezado tanto la Ziyara yamí’a al-kabira en las peregrinaciones que hacía acompañando al difunto Seyed Yavad que la había memorizado.

En todo caso, mi padre tuvo una buena oportunidad de servir a su padre, en comparación con los demás hijos. Por ejemplo, procuraba ir todos los días a su casa, charlaban juntos, le leía libros y mantenían conversaciones y debates. De manera general, debido a ese ambiente de estudios religiosos, entre ellos había una mayor sintonía y lenguaje común, por lo que había una base natural además de esos afectos. Su Eminencia nos contaba él mismo una anécdota de la época en que era presidente: tenía por costumbre llamar por teléfono periódicamente a sus padres cada pocos días para hablar y preguntarles cómo estaban. Uno de esos días, habló con mi abuelo unos minutos y se despidió. El difunto Seyed Yavad también se despidió y, pensando que Su Eminencia ya había colgado el teléfono, muy quedamente —como si hablara para sí mismo— dijo con ese dulce acento turco suyo: Qurbanat, Alí (2). Creía que Su Eminencia había colgado, pero aún no lo había hecho y oyó esa frase. En conjunto, aparte de la relación paternofilial, esas cosas tienen ciertos efectos, y todos esos ejemplos influyeron en su relación afectiva.

Lo más importante de todo, por supuesto, es la conocida historia de la ceguera del difunto Seyed Yavad, por la cual Su Eminencia abandonó sus estudios en Qom y regresó a Mashad. También eso tuvo por fuerza un gran impacto en la relación afectiva entre él y su padre. A principios de la década de 1960, nuestro abuelo se vio aquejado en los ojos por esas enfermedades de las cataratas y el glaucoma, que eran peligrosas y requerían que alguien estuviera a su lado para ayudarlo, atenderlo y ocuparse de él. Mi tío Mohammad acababa de casarse y se había ido a vivir por su cuenta. Mi tía, que era mayor que el tío Hadí, en aquel entonces era adolescente. Y los varones más pequeños, como el tío Hadí, tenían poca edad. Por lo tanto, naturalmente, la persona que podía ocuparse de aquello en primer lugar era Su Eminencia.

Sin embargo, en aquel momento, él estaba en Qom, donde gozaba de una muy buena situación académica en el seminario islámico, estudiando sus lecciones con seriedad. Hasta entonces, asistía a diversas lecciones en Qom, incluidas las del ayatolá Boruyerdí. Parece incluso que sus apuntes de la clase del ayatolá Boruyerdí fueron seleccionados entre los mejores y recibieron ciertos elogios y reconocimiento. Iba a las clases del difunto imam [Jomeiní] y del difunto [Seyed Mohammad Mohaqqeq] Damad, por las que tenía mucha afición. Las lecciones del imam [Jomeiní] eran de las concurridas, y Su Eminencia tenía una afición extraordinaria por ellas. Las clases del señor Damad no eran tan concurridas, pero en todo caso eran clases profundas. Las clases del difunto sheij Mortezá Haerí tenían también muy pocos asistentes y, al parecer, durante cierto período, fueron exclusivamente para Su Eminencia; es decir, que recibía clases particulares para él solo. Además, el difunto Haerí le tenía aprecio. Dado el cariño que sentía por mi padre, el sheij Mortezá le daba sus propios apuntes para que los utilizara. Cuando Su Eminencia decidió regresar a Mashad, algunos de sus profesores, entre ellos el difunto Hach Aga Mortezá, no se resignaban a su partida. Por cierto, entre algunos de los eruditos de Qom era elogiado diciendo que sería, o bien jefe general, o jefe del Jorasán, entendiendo por «jefe» la posición de máxima autoridad religiosa [marya’íya].

Estas cosas muestran el grado de crecimiento y promoción científica que Su Eminencia había alcanzado en Qom. Por eso, él dudaba sobre lo que debía hacer; estaban ahí la situación de su padre y la responsabilidad que sentía respecto a él. En esa misma época, un día Su Eminencia viene a Teherán y va a casa del difunto Ziaoddín Amolí, hijo del sheij Mohammad Taqí Amolí, con quien tenía relación y amistad. Su Eminencia dice: «Cuanto más lo pienso, más veo que [mi bienestar] en este mundo y en el otro están en Qom, pero por otro lado la situación de mi padre es esa», y el difunto Ziá le dice: «Si Dios quiere, tu vida terrenal y tu vida en el otro mundo las arreglará en la misma Mashad». Su Eminencia decía que oír aquella frase lo había sorprendido, y que «si él ya lo sabía, ¿por qué no reparaba en ello?». Así que allá mismo tomó con total facilidad la decisión de regresar a Mashad. Lo curioso es que, después de aquella decisión, a Su Eminencia se le fueron abriendo puertas una tras otra, tanto en lo relativo a la docencia como a las mezquitas, los púlpitos, etc.

¿Quiere eso decir que fue después de aquello cuando tomaron mayor impulso las predicaciones de Su Eminencia en las mezquitas?

Sí. Desde que yo tengo memoria, él tenía actividad en dos mezquitas. Una era la mezquita Karamat, que tenía de algún modo un carácter central, y la otra era la mezquita Imam Hasán (P), que más adelante fue ampliada. La mezquita Imam Hasán (P) fue uno de los centros importantes de reunión de aquellos que lucharon en los prolegómenos de la Revolución Islámica; era el núcleo de la lucha de los estudiantes de los seminarios y las universidades activos. Una escena que ocurría con frecuencia y que aún recuerdo es cómo Su Eminencia estaba en pie, dando un discurso, y un gran número de personas sostenían sus grabadoras en alto para grabar su voz. Después del discurso, la gente se agolpaba alrededor de Su Eminencia, generando gran bullicio.

¿Significa eso que aquel regreso de Su Eminencia a Mashad por su padre sentó las bases de sus posteriores éxitos?

Naturalmente, servicios como aquellos no quedan sin respuesta y, en cualquier caso, aquello que hizo Su Eminencia para su padre, incluso si el difunto Seyed Yavad no le hubiera prestado mayor atención —cosa que sí hizo—, ontológicamente habría hecho sentir su efecto en la vida de Su Eminencia, como de hecho así fue. Claro está que los efectos de un tal servicio a los padres pueden ser diferentes en cada persona. Por ejemplo, el tío Hasán, cuando todos tuvieron que venir a Teherán, se quedó en Mashad junto al difunto Seyed Yavad y su esposa. Él mismo decía que el efecto de aquel servicio a sus padres fue tener una vida muy cómoda y tranquila.

¿Cómo fue la relación académica del Líder de la Revolución Islámica con el difunto ayatolá Seyed Yavad Jameneí? Hable un poco, por favor, sobre el trato académico entre él y su padre.

Al parecer, al principio, mi difunto abuelo daba una lección a mi tío paterno Seyed Mohammad, mientras que a mi padre le daba una lección de nivel inferior, hasta que después de un tiempo esas dos lecciones se unieron y ambos estudiaron juntos el Sharh al-Lum'a con el difunto Seyed Yavad.

Mi padre decía que, durante cierto período, cuando él volvía de la clase del ayatolá Milaní, el abuelo regresaba de rezar en el Santuario y se encontraban en el camino. El difunto abuelo le preguntaba: «¿Qué ha dicho hoy en su clase el señor Milaní?». Él comenzaba a repetir la lección del ayatolá Milaní, y [Seyed Yavad] hacía comentarios para completar o explicar. Por supuesto, el difunto abuelo hacía esto a propósito para que mi padre, inmediatamente después de aquella importante lección, tuviera una suerte de debate con alguien de mayor nivel y pudiera exponer algunos argumentos. Ese procedimiento es muy efectivo; graba la materia en la mente y, si se realiza de manera continuada, tiene efectos muy notables y cuantiosos. Al parecer, ese programa se mantuvo durante cierto tiempo.

Su Eminencia, en esa misma edad, participaba a veces en los debates eruditos de su padre, ya se tratase de debates independientes o bien de otro tipo de discusiones, y daba su parecer, de lo cual han quedado algunas anécdotas. Una vez, por ejemplo, fueron él y su padre a la casa de Aga Seyed Hashem. Allá, el difunto Aga Seyed Hashem planteó un tema erudito y mi padre discutió con él. Cuando salieron, el difunto Seyed Yavad le dijo a mi padre: «¿Por qué discutiste así con él?». Claro, que mi difunto abuelo no tenía objeción en cuanto al fondo de las palabras de mi padre, sino que criticaba la forma de enfrentarse al difunto Aga Seyed Hashem.

En una ocasión, le pregunté yo a mi padre, ya que Aga Seyed Hashem había sido discípulo del ayatolá Nainí, y que mi difunto abuelo había sido discípulo suyo, si él había realizado una comparación de los dos en términos académicos. Mi padre respondió que había quienes pensaban que el difunto Seyed Yavad era muy distinto de Aga Seyed Hashem, y que académicamente era superior y preferible a él. Por otra parte, Aga Seyed Hashem era diez años mayor y tenía la misma edad que el difunto ayatolá Hakim, con quien según lo dicho por el difunto Vaezzadé Jorasaní fue compañero de discusiones durante cierto período en Nayaf.

En otra ocasión, Su Eminencia dijo de su padre que mantuvo un gran interés por el estudio hasta el final de su vida, especialmente por el estudio de la jurisprudencia, y que una de sus virtudes era que, cuando, por ejemplo, nos enseñaba el Kifayat al-usul, a veces ocurría que decía: «En esto me he equivocado». Normalmente, la gente no hace eso; por ejemplo, al subir al púlpito, a veces cuando se equivocan, pasan de una idea incorrecta a otra correcta de manera que le resulte imperceptible a la gente. En fin, al enseñar y esas cosas es difícil reconocer los errores; si uno se propone hacerlo, perderá rápidamente su credibilidad, por lo que normalmente no se hace, e incluso es posible que se cree una justificación lógica para un error.

La pregunta que quiero hacer es más de tipo analítico que sobre sus recuerdos. Teniendo en cuenta los asuntos que ha mencionado, ¿en qué características cree usted que Su Eminencia está influido por su padre?

Es un poco difícil responder a esa pregunta; probablemente, su disciplina con las oraciones supererogatorias y esas cosas remonta a su padre.

Si he de ser más preciso en mi pregunta, me refería a los parecidos. ¿Qué parecidos hay en su opinión entre esas dos grandes personalidades?

Uno de ellos es la austeridad de Su Eminencia. Es necesario aclarar que el difunto Seyed Yavad era austero, incluso pobre. Por supuesto, no ese que nuestro difunto abuelo se hubiera vuelto austero por necesidad, como también la austeridad de Su Eminencia es una austeridad totalmente elegida. Él no recibe unos ingresos económicos como un salario convencional; en otras palabras, no cobra salario alguno. Por ejemplo, yo una vez quería dar una cantidad de dinero a la oficina, con la precaución de hacerlo a título personal, y uno de los hermanos de la oficina me dijo que, muy recientemente, Su Eminencia había entregado tal suma para sus propios gastos. Claro, él no toma de la hacienda pública para dar a la hacienda pública; eso sale de los donativos que hace la gente para su persona.

Aparte de las ofrendas, se tratan de la misma manera los regalos que le lleva la gente por amor y afecto a su persona. Por ejemplo, hace unos treinta años, unos hermanos de Yemen le trajeron un gran recipiente de hojalata lleno de gemas de ágata yemení. Junto a aquello, trajeron también varias cajas en las que habían colocado gemas peculiares, cuyo precio según los expertos en ágatas era muy elevado; pues él dio todo aquello a otros. También le llevó alguien un manto que era muy fino y caro; Su Eminencia lo dio para que lo vendieran, y con el dinero se compró cierto número de mantos que se regalaron a distintas personas. Para Su Eminencia, las cuestiones materiales no tienen importancia alguna, y a pesar de poseer una gran capacidad económica y de poder beneficiarse a través de todo tipo de vías religiosamente legítimas, nunca lo hace.

Mi padre suele regalar los valiosos presentes que le hacen personalmente al Astán-e Qods-e Razaví, la fundación del santuario del imam Reza (P). A Su Eminencia le regalan muchísimos libros manuscritos, que él habitualmente entrega al Astán-e Qods. Uno de los grandes maestros contemporáneos de caligrafía le envió un diván de Hafez en estilo shekasté nastaliq de Vesal Shirazí que era muy hermoso. Yo quise mostrarlo a alguien y vi que no estaba; finalmente resultó que Su Eminencia, como con las demás cosas buenas y hermosas, lo había dado al Astán-e Qpds, sin haberlo usado ni tomado posesión de él en absoluto. En general, las cosas valiosas y buenas, Su Eminencia las entrega allá.

Permítame ahora contarle una anécdota. A mí, cuando era niño, me disgustaba la palabra faqir (3). En fin, era niño y la imagen que tenía de un pobre era, por ejemplo, alguien que se sienta en una esquina de la calle y pide limosna. En aquella época, aún no había triunfado la Revolución Islámica, yo estaba en segundo curso de primaria y vivíamos en Mashad, en esa casa que sigue estando ahí. Recuerdo que en un rincón de aquella casa había algunos paquetes de provisiones y aceite vegetal. Nosotros, es decir, los tres hijos y nuestros padres, estábamos sentados conversando, cuando Su Eminencia, en medio de la charla, dijo: «¡A mí me enorgullece ser pobre!». En el mismo instante de decir aquello, la frase tuvo tal impacto en mí que mi percepción de la pobreza cambió de repente, y pasó a ser la que sigo teniendo hasta ahora. Es, de algún modo, una muestra de su desapego de lo mundano y de su carácter ascético, ya desde los comienzos de su vida.

 El Líder de la Revolución Islámica declaró en una entrevista realizada en los primeros días del triunfo de la Revolución Islámica que, puesto que no desea que se interprete como una exhibición de pobreza, no habla de los recuerdos de su vida personal, y pasa por alto el tema. Si usted lo considera oportuno, ¿podría explicar algo acerca de esta cuestión?

Él no permite en absoluto que su vida se vea afectada por el boato o la ostentación. Por ejemplo, sus enseres domésticos son extremadamente sencillos. Imagínese que la cocina de su hogar es de esas antiguas, de tres fuegos, que se colocan sobre la mesa. En varias ocasiones he rogado a mi madre que la cambie, pero ella, en este aspecto, realmente no es menos que él. Su cocina sigue siendo la misma cocina antigua de tres fuegos que se coloca sobre la mesa. A pesar de nuestras insistentes peticiones, al final mi madre no aceptó, y dijo que de ningún modo era posible.

Hasta hace unos años, el televisor de la casa de Su Eminencia era de aquellos modelos antiguos. Se adquirió un aparato receptor que, en aquel momento, costaba unos cincuenta mil tomanes, y yo fui a conectarlo al televisor. Su Eminencia estaba rezando la oración. Vi entonces que aquel televisor era tan antiguo que ni siquiera tenía la entrada para el conector del aparato. El televisor de nuestra propia casa también es antiguo, pero sí tiene esa entrada, y no habíamos pensado que el de Su Eminencia fuese tan viejo que careciese por completo de la toma de entrada del dispositivo. A partir de ese momento, aquel televisor dejó realmente de ser útil, y después de algunos años llegó a la casa de Su Eminencia uno de esos televisores comunes que hoy se han generalizado y captan varios canales.

Otro ejemplo es que desde el año 1380 (2001/2002 d. J. C.), debido a un dolor lumbar, Su Eminencia se ve obligado —por prescripción médica— a sentarse en una silla. Incluso entre las dos oraciones debe sentarse en una silla, y prácticamente ya no puede sentarse en el suelo; y mi madre también padece problemas de espalda. Sin embargo, la silla y la mesa que hay en casa de Su Eminencia son de plástico, como en aquellas tiendas que, para evitar cualquier gasto adicional, no compran sillas de madera o de metal, pero necesitan disponer de alguna. Han comprado varias de esas sillas de plástico y las han apilado en un rincón de la habitación trasera de la casa para los invitados, de modo que, cuando se requiere un mayor número, se disponen alrededor de la estancia.

Entre los objetos antiguos de este tipo puede mencionarse la cama de Su Eminencia. La cama en la que ahora duerme es la misma en la que comenzó a hacerlo desde el año 1360 (1981/1982 d. J. C.), es decir, desde la época del atentado, de la herida y de las secuelas que de él resultaron; y lleva ya cuarenta años utilizándola. Si alguien tomase papel y pluma, quizá podría enumerar más de quince de esos enseres antiguos. Mi madre también ha tenido una influencia muy notable en este aspecto. Ella lo ha acompañado , paso a paso, a lo largo de todos estos años.

 Aparte de esta característica de vivir con sencillez, ¿qué otras semejanzas existen entre el noble Líder y sus padres?

Mi padre, pese a su comprensión política, a la experiencia acumulada y a la minuciosidad que posee en los detalles, tiene también una sinceridad y una llaneza muy particulares. Hoy han transcurrido cuarenta y dos años desde la Revolución Islámica, y quizá más de quince años antes de ella continuaron aquellas luchas; en consecuencia, Su Eminencia posee diversas experiencias y discernimientos. Sin embargo, a pesar de todo ello, conserva una sinceridad especial. Sinceridad en el sentido de veracidad. Esto quizá se remonte a aquellos dos nobles, mi abuela y mi abuelo, pues ellos también poseían esa misma sinceridad. Una de las manifestaciones de esa veracidad es la franqueza en el hablar.

Yo vi esta cualidad de la franqueza también en mi abuela. Por ejemplo, si alguien incurría en murmuraciones, le decía abiertamente: «No murmure», o interrumpía la conversación. Recuerdo que, cuando yo era niño, fuimos con ella, con mi madre y con algunas otras personas a una reunión de duelo que se celebraba al comienzo de la calle Ahmadabad. Allí, algunas de las hijas de los dueños de la casa o de otros invitados estaban sin velo. Mi abuela, allí mismo, comenzó a hablar con cada una de aquellas muchachas, con un tono suave, diciéndoles «hija mía…». Siguió el asunto con tal delicadeza que, en ese mismo momento, se pusieron el chador. Y ello a pesar de que mi difunta abuela no era una persona vinculada a ningún poder ni tenía respaldo alguno de esa índole.

En otra ocasión, por ejemplo, mi abuela había venido a Teherán, y algunas de las esposas de personalidades, cuando se enteraban, la invitaban —a través de mi madre— a reuniones de mujeres. En una de esas reuniones, que tuvo lugar en la casa de una figura importante, habían preparado varios tipos de comida para el refrigerio de la tarde. Pero esto era excesivo según nuestra cultura y, en especial, para mi difunta madre; así que, después de la reunión y en privado, les llamó la atención, diciendo: «Habéis derrochado mucho, ¿por qué derrocháis?». Mi abuela era muy franca en lo relativo al deber de exhortar al bien y prohibir el mal, y esa franqueza existe también en mi padre. Por ejemplo, cuando Su Eminencia estaba exiliado en Iranshahr, una vez fuimos a visitarlo. Yo cursaba entonces tercer grado de primaria. Era el mes de ramadán y hacía calor. Yo quería leer un libro, pero no tenía ninguno. Su Eminencia, en aquel tiempo, tenía las llaves de tres bibliotecas de la ciudad. Fuimos juntos para elegir un libro. En el camino vimos a un joven que estaba comiendo un bocadillo a la vista de todos. Su Eminencia le llamó la atención allí mismo. Imagínese: él estaba desterrado en aquella ciudad, y aun así no abandonaba el deber de prohibir el mal.

¿Qué hay del gran interés de su eminencia por los libros y la lectura? ¿Considera usted que también es, a su juicio, un rasgo hereditario?

Pues bien, tanto el padre como la madre de Su Eminencia eran personas dadas a la lectura. En cuanto a su padre, es sabido; su madre también era lectora, e incluso —creo haberlo oído de labios de ella misma— decía: «Yo conozco más hadices que él» (es decir, que nuestro abuelo). Quizá con ello quería aludir a su dominio de diversos ámbitos: por ejemplo, al hecho de que mi difunto abuelo dominaba la jurisprudencia, mientras que ella dominaba el hadiz. Con todo, me parece que este interés por los libros y la lectura, en la medida en que Su Eminencia lo posee, puede decirse que es algo propio de su esencia.

Es interesante saber que, cuando Su Eminencia tenía doce o trece años, a veces iba a esas tiendas donde se vendían libros usados y deteriorados, rebuscaba entre ellos y escogía aquellos que podían ser útiles. Luego él mismo los encuadernaba y los tomaba para su lectura. Yo conservo ahora un Nisab al-sabyan que pertenece a aquellos días y que Su Eminencia encuadernó con sus propias manos. El Nisab al-sabyan quizá pueda considerarse uno de los primeros libros escolares, y yo poseo ese ejemplar entre los libros encuadernados por él. En una ocasión, a uno de los miembros del personal de la oficina, que me ayudaba a ordenar la habitación, le expliqué que Su Eminencia no tenía recursos para adquirir libros nuevos y que reunía esos ejemplares más baratos —de entre aquellos montones— y los encuadernaba. Cuando se lo expliqué, quedó profundamente conmovido.

Por ello, creo que su hábito de lectura va más allá de todo lo dicho. Por ejemplo, la lectura antes de dormir es para Su Eminencia una práctica completamente habitual, salvo que ocurra alguna circunstancia excepcional; de lo contrario, su norma es conciliar siempre el sueño con un libro y la lectura. Su lectura, además, es extraordinariamente amplia y sorprendente en cuanto a la variedad de libros y de temas. Incluso si alguien lo hubiese visto en su juventud, le habría resultado interesante, y esta impresión ha sido expresada por personas que ni siquiera pertenecían al ámbito religioso, sino que tenían conocimientos, por ejemplo, en literatura y poesía, o incluso en cuestiones de índole intelectual.

¿Cuándo fue la última vez que vio a su difunto abuelo y cómo se enteró usted de su fallecimiento?

Yo fui la última persona de nuestra familia que vio a mi difunto abuelo antes de su fallecimiento. A la difunta abuela también fui yo quien la vio por última vez. Ocurrió así, casualmente. Dos semanas antes de la muerte de mi abuelo, a comienzos de tir de 1365 (junio/julio de 1986 d. J. C.), contraje en el frente una enfermedad extraña; cualquiera que me veía advertía, por mi rostro muy pálido y abatido, que estaba muy enfermo, y yo mismo comprendía por sus reacciones que mi estado era muy malo. No solía pedir licencia, de modo que el propio comandante me dijo que debía regresar a Teherán. Era el mes de ramadán, y siguiendo su recomendación me fui de licencia. Primero vine a Teherán y, después de unos días, viajé con unos amigos a Mashad. En primer lugar, fui a casa de mi abuela materna y, luego, a la casa de mis abuelos paternos. Mis difuntos abuelos, debido a su enfermedad y avanzada edad, no podían ayunar, y por ello habían preparado almuerzo. Yo, al estar de viaje en Mashad, tampoco ayunaba. Mi abuela me dijo: «Quédate a comer con nosotros; hoy he preparado arroz y carne para tu abuelo; quédate tú también». Me quedé, y extendieron un mantel para tres personas. Entre las cosas que recuerdo de aquel día está que mi difunto abuelo me servía carne repetidamente y me decía: «Come». Después de la comida, mi abuela le dijo a mi abuelo: «Moytabá quiere volver al frente». Nos despedimos de mi difunto abuelo, y él se retiró a descansar. Mi abuela solía dormir la siesta, así que tomé un libro para leer y, tras descansar un poco, me despedí y salí para reunirme con mis amigos según lo acordado.

Después de regresar a Teherán, estuve allí unos días y, al terminar mi licencia, volví a la zona [de combate]. Poco después comenzó la operación Kerbala 1. Tras la segunda fase de la operación, una noche, mientras regresábamos de la zona de combate hacia la retaguardia, me acordé de mi abuela y de mi abuelo. Entre todas las cosas que existen en el mundo, de pronto se me ocurrió pensar: si los Monafeqín iban a la casa de mis abuelos, que no tenían escolta, y les hacían algún daño, o, por ejemplo, los secuestraban, ¿qué debíamos hacer? En realidad, aquellos pensamientos míos coincidieron, probablemente, con las mismas horas en que mi difunto abuelo había fallecido. Estaba yo en esas reflexiones cuando llegamos a las tiendas de campaña de nuestro campamento y, presa de un cansancio extremo, no pude hacer nada y me dormí. En aquella zona había un río, al parecer llamado Gaví, que era ancho y por el que discurría una corriente de poca profundidad. Por la mañana fui y me senté en el agua para quitarme el barro que tenía pegado en la cabeza y en el cuerpo. El resto de los soldados también se iban despertando: algunos venían, como yo, a sentarse en el agua para limpiar la ropa; otros se ocupaban de otras tareas, como preparar el desayuno. En esto, alguien vino desde la zona de las tiendas hacia mí y, sin preámbulo, me dijo: «¿Qué relación tienes con Mohammad Yavad Hoseiní Jameneí?». Nosotros no conocíamos a mi abuelo por el nombre de Mohammad Yavad, pero él dijo ¡Mohammad Yavad! Yo estaba tratando de averiguar quién podía ser ese Mohammad Yavad, y mi mente no se dirigía en absoluto hacia mi difunto abuelo. Volvió a decir: «¿Quién es el ayatolá Seyed Mohammad Yavad Hoseiní Jameneí?» Dije: «Es mi abuelo». De repente y sin más, dijo: «¡Ha fallecido!» Yo aún estaba sentado en el agua y, al oírlo, como se dice familiarmente, me vine abajo. Aquel buen muchacho no tendría más de diecisiete años; no sé si quería hacer algo que le pareciese gracioso, o si pensó que dar la noticia de ese modo era mejor. Después me dio el pésame con mucho respeto, y los amigos fueron viniendo poco a poco, uno tras otro, para darme el pésame. Al parecer, habían encendido la radio para escuchar las noticias de la mañana, y allí, en los primeros boletines, se anunció el fallecimiento del padre del presidente. Por lo visto, también se leyó allí mismo el mensaje de condolencia del imam [Jomeiní], que Dios tenga misericordia de él.

Como la operación había terminado y ya no había una tarea específica que realizar, con el permiso del subcomandante del batallón me separé del contingente por la tarde y me dirigí a Andimeshk, donde tomé el tren hacia Teherán. Cuando llegué, era el día siguiente al entierro de mi difunto abuelo, y mi padre había regresado de Mashad. Estaban presentes el difunto Hayí Shamqadrí, varios miembros del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) y nuestro tío materno, el señor Mahdí Joyasté. Al parecer, el señor Mustafá [Jomeiní] también había acompañado a Su Eminencia en Teherán. Entré en Presidencia y Su Eminencia, al verme desde el pórtico, vino hacia mí y nos saludamos con un beso en la mejilla. Estaba apesadumbrado y abatido, y se notaba claramente.

 Hay una anécdota que conviene mencionar aquí, y es que, al parecer, en aquellos mismos días, mi padre había visto en sueños a mi difunto abuelo, que marchaba con una mochila militar. Como yo también estaba entonces en el frente, él pensó que quizá la interpretación de aquel sueño era que yo había alcanzado el martirio. Casualmente, en esa misma operación, durante la primera fase, en medio del tumulto propio de la primera noche y demás, la sección de apoyo logístico de la división había registrado mi nombre y el de varios amigos como desaparecidos.

El difunto señor Hashemí dijo a Su Eminencia: «¿Usted ha enviado a Moytabá al frente?». Su Eminencia respondió: «Sí». Añadió: «¿Por qué ha enviado al muchacho al frente?», y Su Eminencia replicó: «¿Acaso ha ocurrido algo?» Y él, probablemente para preparar a Su Eminencia, dijo: «No, pero ahora están diciendo unas cosas». En el consejo de ministros habían dicho que, al parecer, el hijo del señor Jameneí había alcanzado el martirio, y por eso existía esa impresión respecto de mí. Así pues, cuando llegué a Teherán, todos al principio me miraban de una manera particular. Su Eminencia me contó ese sueño en aquella época, y a mí se me ocurrió que aquel sueño se refería al propio difunto abuelo, y que, en realidad, era él quien se estaba marchando.

En resumen, esa misma tarde partí hacia Mashad. Mi abuela materna había acudido al aeropuerto y, desde allí, me llevó directamente a la ceremonia fúnebre. Tras la ceremonia, nos dirigimos a casa de mi difunto abuelo, donde se hallaban presentes el señor Daneshmand, los señores Lavaí y otros. Después, asistimos a diversas ceremonias de duelo, entre ellas, en la mezquita de los Turcos y en la mezquita del Imam Hasán —la paz sea con él—, que eran las mezquitas de mi difunto abuelo. 

El lugar de entierro de mi difunto abuelo se encuentra detrás de la tumba del imam Reza (la paz sea con él). En aquel entonces había unos pocos espacios libres, reservados para algunos ulemas. Teniendo en cuenta que él jamás, en absoluto, había pensado, planeado ni propuesto lugar alguno para su entierro, parece que esto fue una atención especial que, de algún modo, hizo que aquel lugar se dispusiera para él. Dado que se halla en la parte trasera, destinada a mujeres, mi padre solo puede acudir allí para recitar la fátiha durante las ceremonias de limpieza del polvo del sagrado santuario. Cuando mi abuela falleció, también fue enterrada en esa misma sección femenina, un poco más alejada, en Dar al-Ziyafa.

He tenido sueños agradables con mi difunto abuelo. Una noche soñé que él había venido para dirigir la oración en congregación y, al parecer, iba a ser el imam del mismo. Se pronunció la llamada a la oración, pero antes de que se recitase la segunda llamada a la oración, había un recipiente con dátiles del cual tomó uno o dos y se los comió. Cuando conté este sueño a mi padre, dijo: «Gracias a Dios, se ve que las oraciones de tu abuelo han sido aceptadas».

 Como última pregunta: después del fallecimiento de su abuelo, ¿realizaba el Líder algún acto particular en su memoria?

Sí, tanto en vida de él como después [de su fallecimiento]. Por ejemplo, Su Eminencia realiza oraciones por ellos. Cuando éramos adolescentes, en los primeros meses del año, como la llamada a la oración es más temprana y Su Eminencia era muy constante en las oraciones supererogatorias de la noche, no solíamos alcanzar a ver su oración del alba. Pero en las estaciones frías, cuando la llamada a la oración del alba en Teherán es poco antes de las seis, sí veíamos rezar a Su Eminencia. Hacia esa hora nos despertaba: primero rezábamos, luego desayunábamos y después íbamos a la escuela. En aquella época yo veía que, después de la oración del alba, Su Eminencia realizaba dos ciclos de oración. En una ocasión le pregunté para qué era esa oración, y Su Eminencia respondió: «Este es mi obsequio diario para tu abuelo y tu abuela». Él rezaba esa oración cuando ambos estaban aún vivos. Sospecho que ahora también la realiza, pero que ha cambiado el momento y la hace antes de la llamada a la oración del alba. Estos días, en que he tenido la fortuna de estar a su servicio después de la oración del alba, no he visto que la rece, y probablemente la haya trasladado a la noche.

Me da la impresión de que, después del fallecimiento de estas honorables personas, Su Eminencia ha hecho incluso más que esto. Porque él es constante en realizar ciertos actos también por personas que, desde el punto de vista del parentesco, están más alejadas; tanto por los difuntos como incluso por quienes aún viven. En ocasiones, Su Eminencia pide perdón para personas que quizá ni siquiera tengan un trato cercano con él.

Notas

(1) El Libro de la Piedad

(2) Daría mi vida por ti, Alí

(3) Pobre

20/03/2026