Mensaje por el cuadragésimo día del martirio del ayatolá Seyed Alí Jameneí y sobre las cuestiones importantes de la guerra impuesta por Estados Unidos y el régimen sionista contra Irán
El Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Moytabá Jameneí ha emitido un mensaje por el cuadragésimo día del martirio del ayatolá Seyed Alí Jameneí y acerca de las cuestiones importantes relacionadas con la guerra impuesta por el gobierno terrorista de Estados Unidos y el régimen sionista contra Irán.
En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso
Innā fataḥnā laka fatḥan mubīnan li‑yaghfira laka llāhu mā taqaddama min ẕanbika wa mā ta’ajjara wa yutimma ni‘matahu ‘alayka wa yahdīyaka ṣirāṭan mustaqīman wa yanṣuraka llāhu naṣran ‘aẕīẕan (1).
Han transcurrido cuarenta días desde uno de los mayores crímenes de los enemigos del Islam y de Irán, y desde una de las más dolorosas penas colectivas en la historia de esta nación: la pena causada por el martirio desgarrador del eminente Líder de la Revolución Islámica, padre de la nación iraní, guía de la umma y adalid de los buscadores de la verdad en la época actual, el señor de los mártires de Irán y del Frente de la Resistencia, Jameneí el Grande — que Dios eleve la pureza de su alma—.
Cuarenta días hace que el espíritu excelso de nuestro Líder mártir es huésped, en la proximidad divina, del banquete de los amigos de Dios, los veraces y los mártires; y al mismo tiempo, o tras él, un gran número de compañeros, comandantes y combatientes del Islam, así como de oprimidos compatriotas —desde recién nacidos hasta ancianos— han alcanzado también esta inmensa gracia.
Hace cuarenta noches y cuarenta días que Dios Altísimo convocó al adalid de esta comunidad a Su encuentro; pero esta vez, al contrario de lo que ocurrió en la época de [Moisés] —aquel con quien Dios habló—, los compañeros del Líder mártir y su comunidad fueron enviados para establecer la verdad y enfrentarse a la falsedad, y se mantuvieron firmes como montañas ante el samaritano y su becerro, y cayeron como lava ardiente sobre los agresores y los faraones [de nuestro tiempo].
Durante cuarenta días y noches, los arrogantes del mundo desecharon sus falsas y engañosas máscaras y mostraron su repulsivo y satánico rostro de asesinato y opresión, agresión y mentira, arrogancia faraónica y asesinato de niños, despotismo y corrupción.
Pero, frente a ello, durante cuarenta días y noches, los hijos valientes de [imam] Jomeiní el Grande y del querido mártir Jameneí, así como los seguidores del Islam auténtico de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él y con su descendencia), se hicieron presentes en las plazas, calles y trincheras de combate con un denuedo y una valentía ejemplares, y a pesar de los agravios y las pérdidas causadas por la salvaje embestida del enemigo, convirtieron la tercera guerra impuesta en el escenario de la tercera epopeya de la Defensa Sagrada. La consciente y vigilante nación de Irán, aunque ha demostrado estar enlutada por la inmensa pena de la separación de su adalid mártir, siguiendo el ejemplo de los herederos directos de la epopeya de la Ashura de Husein, ha forjado de esta pena una epopeya, y de este lamento un grito de desafío. Y todo ello ha sumido al enemigo, armado hasta los dientes, en el asombro y la desesperación, y ha suscitado la admiración de las personas libres del mundo. Esta vez, la ignorancia y la insensatez de los arrogantes hicieron que entre febrero y marzo de 2026 fuese el comienzo de una nueva etapa de fortalecimiento y de elevación del nombre de Irán y de la Revolución Islámica, y que la bandera del Irán islámico se alzase no solo sobre la geografía terrestre de nuestro país, sino también en lo más profundo de los corazones de los buscadores de la verdad de todo el mundo.
Esta ocasión constituye una buena oportunidad para ofrecer, aunque sea de manera breve, una presentación del eminente Líder. Se habla de un hombre que, por mucho que fuese célebre, no llegó a ser [verdaderamente] conocido. Todos saben que nuestro Líder mártir era un alfaquí conocedor de su tiempo y perspicaz, un combatiente infatigable, firme y sólido como una montaña, un sabio practicante y un hombre de Dios, consagrado al recuerdo [de su Señor], la vigilia y la súplica ante la Presencia divina, así como a la intercesión ante las santas personas de los Inmaculados —que las bendiciones y la paz de Dios sean con todos ellos—, y que, desde lo más hondo de su alma, creía en las promesas divinas. Entre sus otras características se hallaban el amor por Irán y el esfuerzo continuo por lograr una independencia cada vez mayor para el querido Irán, junto con su insistencia en la unidad de palabra y la cohesión nacional. Dedicó toda una vida a luchar por la instauración del sistema islámico, su consolidación y su permanencia, y al mismo tiempo, consideraba que la República Islámica carecía de sentido sin su gente. A pesar de su autoridad y su firmeza, poseía una notable sutileza en el pensamiento y en la manera de contemplar los asuntos. Prestaba especial atención a las capacidades del país, en particular a los jóvenes. Daba importancia a la ciencia, la tecnología y el progreso que nace de ellas. Tenía una consideración singular hacia las nobles familias de los mártires, los veteranos heridos y las personas abnegadas. En diversos ámbitos, atesoraba experiencias valiosas y densamente acumuladas, algunas de ellas con una trayectoria de varias décadas, además de otras muchas cualidades que conforman una larga lista. En estos días, algunos medios de comunicación hablan a menudo de su arte, su conocimiento del arte y su fomento del arte. Este elemento, aunque por sí solo puede aportar gran valor a la personalidad de un individuo y, ciertamente, en nuestro querido Líder existía en su sentido verdadero y en grado sumo, resulta pequeño en comparación con los demás elementos y méritos de su ser. Por mi parte, conozco de él múltiples artes:
Uno de sus grandes artes, que ha recibido poca atención, era el arte de educar y formar a la sociedad mediante la construcción de pensamientos, disposiciones de espíritu y sentimientos de las grandes masas populares y de los grupos sociales.
Otro de sus artes era la creación de instituciones con un propósito definido, a lo que se dedicó especialmente en los primeros años de su periodo de liderazgo, con la mirada puesta en horizontes lejanos.
Otro de sus artes consistía en fortalecer la estructura militar del país, cuyos efectos positivos la nación iraní ha conocido y disfrutado en las dos recientes guerras impuestas. Asimismo, su capacidad de innovación y de iniciativa en diversos ámbitos —tanto científicos como estratégicos y de formulación de políticas— era otro de sus artes, parte del cual se refleja en la elaboración de las políticas generales del sistema. También el poder de generar significados mediante la forja oportuna de vocablos y combinaciones novedosas, cada una de las cuales creaba y portaba una abundancia de sentidos, y de ello emanaba el discurso público. Y entre sus artes se contaba asimismo aquel que había resultado de pulir su excelso espíritu en las adversidades, las pruebas y las tribulaciones, y gracias a su paciencia y firmeza en el camino de la verdad: el arte de prever acontecimientos lejanos, «al‑mu’minu yanẕuru bi‑nūri llāh» (el creyente mira con la luz de Dios). Y otras artes cuya enumeración no es posible en este breve espacio.
Todas estas artes y virtudes no tenían otro origen que las gracias especiales de Dios y la atención particular de nuestro maestro y de sus purísimos padres —que las bendiciones de Dios sean con todos ellos—. Quizás pueda resumirse lo que atrajo esas atenciones y consideraciones hacia aquel noble ser en su incesante y sincero esfuerzo y lucha por enaltecer la palabra de la verdad. Pero, de manera particular, además de las dificultades de la lucha contra la traidora maquinaria del régimen pahlaví, él se benefició enormemente de otra oportunidad especial en el camino del cumplimiento de su deber, de la que la gente no suele tener noticia. Así estaba decretado que aquel joven seyed, sumamente ávido de conocimiento y, por supuesto, deseoso de obrar, cuando su noble padre se hallaba al borde de la ceguera, dejase —tras años de estudio a los pies de maestros de alta dignidad— todas las condiciones aparentes de progreso científico y de un futuro brillante en Qom y, confiando en la gracia divina, se consagrase por entero [al cuidado de] su padre. La benevolencia divina, a raíz de este sacrificio, se manifestó de tal modo que, de repente, Seyed Alí Jameneí, antes de cumplir los treinta años, surgió de Jorasán como un sol y pronto fue considerado uno de los pilares del pensamiento y la lucha, al tiempo que realizó notables progresos en las ciencias comunes, de forma que en la década de 1970 el aparato de la SAVAK lo llamaba «el Jomeiní de Jorasán». Debo subrayar que este proceso de ascenso interior y exterior de aquella excelsa persona continuó también en etapas posteriores. Ahora bien, en el plano de aprender de la conducta de los grandes y, en especial, de una personalidad como la suya, es muy oportuno que hagamos de esta benevolencia sincera hacia los demás y de esta solidaridad un método propio, pues esta cualidad —unida a la mirada confiada en la inmensa misericordia divina— constituye una diferencia fundamental entre quien está bajo la bandera de la verdad y quienes se agrupan en torno a la bandera de la falsedad. Sin duda, seguir tal modo de proceder abrirá las puertas del cielo y hará descender diversas formas de auxilio divino y oculto: desde el envío de la lluvia misericordiosa hasta la victoria sobre el enemigo, e incluso los avances científicos y tecnológicos.
En estos días se oye con frecuencia que diversos grupos de nuestro querido pueblo recuerdan con toda razón y con nostalgia a aquel hombre único de su época, y poco a poco van apareciendo más facetas del luminoso y precioso carácter de su excelsa personalidad. Asimismo, comienza a extenderse la costumbre de seguir ciertos actos específicos de aquel honorable; entre ellos, nuestro querido pueblo ha aprendido lecciones del puño cerrado de ese honorable en el momento de su martirio, y ahora ese mismo puño cerrado se ha convertido para algunos en una especie de símbolo común de convicción. De este modo se demuestra una vez más que la influencia del mártir es mayor que la del individuo presente, y su voz clara llamando al monoteísmo, a la búsqueda de la verdad y a la lucha contra la opresión y la corrupción resuena con más fuerza, y su mensaje es más penetrante que en vida; asimismo, el anhelo del corazón de este mártir de elevada dignidad —que era la felicidad de esta nación y de las demás naciones musulmanas— se ha acercado ahora más que antes a la realidad.
¡Hermanos y hermanas compatriotas! Hoy, y hasta este punto de la epopeya de la tercera Defensa Sagrada, puede afirmarse con rotundidad que ustedes, pueblo heroico de Irán, han sido los vencedores indiscutibles de esta contienda.
Hoy, el albor del surgimiento de la República Islámica como una gran potencia y la entrada del estamento arrogante en la pendiente de su debilitamiento se han hecho patentes ante los ojos de todos. Esta es, sin duda, una gracia divina que ha sido concedida a la nación de Irán por la bendición de la sangre de nuestro Líder mártir, de los demás mártires de mortajas ensangrentadas, de nuestros oprimidos compatriotas y de las flores segadas de la escuela Shayaré Tayebé de Minab, y tras las súplicas, la intercesión y los ruegos de todos los miembros de la nación ante la Presencia del Señorío divino, de su presencia combativa en los campos, barrios y mezquitas, y debido a los inagotables, desinteresados y sinceros sacrificios de los abnegados combatientes del Islam en el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), el Ejército, la Fuerza del Orden, los soldados anónimos y los guardianes de las fronteras. Esta gracia, como cualquier otra, debe ser agradecida para que perdure y crezca, pues: «La’in shakartum la’aẕīdannakum» (Si sois agradecidos, ciertamente os daremos más). El agradecimiento práctico por esta gracia es el esfuerzo incesante por alcanzar un Irán fuerte.
En la coyuntura presente, aquello que se revela necesario para alcanzar esta consigna y este objetivo estratégico del Líder mártir es la continuación de la presencia de nuestro querido pueblo, tal como lo ha hecho durante los cuarenta días que han quedado atrás. Esa presencia es uno de los pilares importantes de la posición que hoy ocupa el Irán poderoso.
Por lo tanto, no debe imaginarse que, al anunciarse un acuerdo para iniciar negociaciones con el enemigo, la presencia en las calles deja de ser necesaria. Antes bien, incluso si —en hipótesis— hubiese llegado inevitablemente el turno de un período de silencio en el campo de batalla militar, el deber de aquellos ciudadanos que tienen la posibilidad de estar presentes en las plazas, los barrios y las mezquitas se vuelve más pesado que antes. Sin duda, sus clamores en las plazas influyen en el resultado de las negociaciones; del mismo modo que el asombroso y creciente número de millones de adhesiones a la campaña «Abnegado por Irán» es también uno de los factores influyentes en este ámbito. Con el permiso de Dios —bendito y exaltado sea—, como resultado de estas intervenciones activas y de su continuidad, el horizonte que se extiende ante la nación de Irán le anuncia la llegada de una época espléndida, brillante y colmada de dignidad, honra y plenitud. Cuando nuestro Líder mártir asumió la dirección, el sistema de la República Islámica era como un retoño que había recibido múltiples heridas de los enemigos del Islam y de Irán, heridas que, sin embargo, había soportado con entereza. Pero cuando, tras casi 37 años, dejó la sede del liderazgo de la umma, dejó tras de sí un árbol bendito cuyas raíces estaban firmemente asentadas y cuyas ramas y hojas proyectaban su sombra sobre partes importantes de la región y del mundo. El enfoque de alcanzar un «Irán cada vez más fuerte» pasa por la unidad entre los diferentes estratos de la sociedad, algo que él reiteradamente subrayaba. Una parte notable de esa unidad se ha materializado en estos cuarenta días: los corazones de las gentes se han acercado unos a otros, los hielos entre los distintos estratos con diferentes tendencias han comenzado a derretirse, todos se han congregado bajo la bandera de la patria, y día tras día aumentan tanto el número como la calidad de esta congregación. Muchos de quienes aún no han logrado este tipo de participación están, con su corazón, acompañando y compartiendo la voz de las multitudes que se encuentran en las plazas.
Estos días, muchos están experimentando una mirada de alcance civilizatorio, fijando la vista en horizontes lejanos, y forjando para sí una imagen que no es ilusoria, sino apoyada en las realidades del presente y del futuro. Esta es una cualidad que hasta hace poco solo se veía en un reducido número de personas, encabezadas por el Líder mártir. Así es como cualquier observador comprende el rápido y milagroso crecimiento de esta nación, y no es en vano que, en estos días, el insigne sabio de nuestro tiempo y eminente alfaquí, cuando les habla acerca de esta dignidad, se vea una y otra vez detenido por el nudo en la garganta que le corta la palabra.
En este mismo ámbito, les digo a los vecinos del sur de Irán, que están viendo un milagro. Así pues, miren con rectitud, comprendan con rectitud, sitúense en el lugar correcto y desconfíen de las promesas mendaces de los demonios. Todavía esperamos una reacción apropiada de ustedes para mostrarles nuestra fraternidad y buena voluntad. Esto no sucederá a menos que ustedes se aparten de los arrogantes, que no desperdician ninguna oportunidad para humillarlos y explotarlos. Todos deben saber que, con el permiso de Dios Altísimo, No dejaremos en paz a los agresores criminales que atacaron nuestro país. Ciertamente, reclamaremos la compensación por cada uno de los daños causados, el precio de sangre de los mártires y de los heridos en esta guerra y, ciertamente, llevaremos la gestión del estrecho de Ormuz a una nueva etapa. Nosotros no hemos buscado ni buscamos la guerra; sin embargo, jamás renunciaremos a nuestros legítimos derechos, y a este respecto, consideramos todo el Frente de la Resistencia como un conjunto unificado.
En esta etapa, hasta el momento de alcanzar aquello que nos pertenece, en primer lugar, todos los miembros de la nación deben procurar tener consideración mutua, a fin de que, debido a las carencias que constituyen una consecuencia natural de toda guerra, se ejerza la menor presión sobre los distintos sectores de la sociedad. Por supuesto, estas carencias —que en ocasiones son mucho mayores en el frente opuesto— han sido gestionadas en buena medida gracias al esfuerzo de sus hermanos y hermanas en el Gobierno y en otras instituciones.
En segundo lugar, es necesario cuidar nuestros oídos, que son la ventana del cerebro y el corazón, frente a los medios de comunicación que están bajo el apoyo del enemigo o que le son afines. Ciertamente, esos medios no desean el bien del país y de la nación de Irán, y esto se ha demostrado repetidas veces. Así pues, o bien abandonamos por completo la exposición y el uso de ellos, o al menos tratamos con suma desconfianza todo lo que presentan.
En tercer lugar, la querida nación, aunque al concluir el período de luto oficial por el martirio de su eminente Líder se quite las vestiduras de duelo, mantendrá viva en su espíritu y en su corazón la firme determinación de vengar su sangre pura y la de todos los mártires de la segunda y tercera guerras impuestas, y estará constantemente a la espera de que ello se haga realidad.
Al final, me dirijo a nuestro maestro [el imam Mahdi]—que Dios Altísimo apresure Su manifestación— y expongo que nosotros, con fe en Dios Todopoderoso, con la intercesión de los imames inmaculados —que las bendiciones y la paz de Dios sean con todos ellos— y siguiendo el ejemplo de nuestro Líder mártir, nos mantenemos firmes bajo su bandera ante el frente de la incredulidad y de la arrogancia. En este camino, hemos ofrecido valiosos mártires de diversos estratos por la dignidad e independencia del país y por la exaltación del Islam y de la Revolución Islámica, y hemos sufrido también otras pérdidas. Ahora, con todo nuestro ser, nos hemos encomendado a la súplica especial de su noble presencia para obtener una victoria decisiva sobre el enemigo, ya sea en el escenario de las negociaciones o en el campo de batalla, y esperamos que tanto nosotros como nuestros enemigos seamos testigos de su efecto milagroso, si Dios quiere.
Y la paz sea con ustedes, así como la misericordia de Dios y Sus bendiciones.
Seyed Moytabá Hoseiní Jameneí
09/04/2026
Notas
(1) «En verdad, te hemos proporcionado una victoria evidente para que Dios te disculpe de los cargos anteriores y de los últimos y para completar Su favor sobre ti y guiarte a un camino recto. Y Dios te auxiliará con un auxilio poderoso» (Sagrado Corán, 48:1-3).
09/04/2026

